No puede dormir. La almohada es más gorda que la suya, la de casa. Y tiene hambre. Mucha.
—¿Estás dormido? —dice su compañero al otro lado de la habitación.
—No…, no puedo. Tengo mucha hambre —dice León.
—A mí me pasa igual. Es que vaya mierda de comida la de aquí. Y muy poca, además —añade Pedro—. Una buena tortilla de patatas de mi madre me comía yo ahora.
—Calla, calla, no jodas que babeo —protesta León—. Quién me iba a decir a mí que este ‘exclusivo’ programa de idiomas en Inglaterra iba a ser esto —se queja sentándose en la cama—. “Inmersión lingüística en un entorno familiar nativo”. ¡Puaj!
—Y unos espaguetis carbonara, ¡mmm! —dice Pedro como si no hubiera oído a su amigo.
—¡Calla, coño! —explota León—. Pero espera —dice más tranquilo—, ¿por qué no hacemos una cosa?
—Qué cosa —replica Pedro.
—Bajamos a la cocina y cogemos algunas galletas o lo que pillemos. Yo no puedo más.
—¿Estás loco? Si nos coge Mr. Burns nos tritura.
—Bajamos sin hacer ruido ni encender ninguna luz. Con la de los móviles nos apañamos —explica León muy serio.
—¡Buf! Yo me cago, chaval —exclama Pedro, pero también se incorpora.
Salen los dos de la habitación, descalzos, con sus móviles lanzando cortos haces de luz delante de ellos. Pedro agarra a León de la manga del pijama mientras avanzan despacio. Bajan las escaleras de madera enmoquetadas y algunos escalones chirrían bajo sus pies. Cuando los oyen, se detienen asustados. Llegan a la cocina y León le dice a Pedro en un susurro:
—Quédate en la puerta y vigila. Cualquier cosa, me avisas.
—No tardes, tío —responde Pedro con un hilo de voz.
León empieza a revisar armarios y no encuentra más que salsas, salchichas enlatadas, cereales…, de pronto, abre una alacena y encuentra crackers, “las galletas esas que no son dulces y no saben a nada”, piensa. Pero el paquete está abierto y coge una. Le da un mordisco deprisa y en ese momento oye a Pedro: “¡qué viene!”. Tira el resto de cracker en una especie de palangana vacía que hay encima de un taburete y escucha la voz de Mr. Burns:
—¿Qué pasa? (en inglés) —y enciende la luz de la cocina.
—Nada, nada —dice León, mientras Pedro recula y se pone a su lado.
—¿Qué hacéis aquí? —pregunta el anfitrión de los estudiantes españoles.
—Teníamos sed y hemos bajado a por agua —dice León en un tono de voz casi normal.
Mr. Burns calla. El silencio es atronador e inquietante. El hombre pasa su mirada despacio por toda la cocina. Mira a los chicos.
—Pues bebed y volved a la cama —dice despacio.
Los muchachos cogen un solo vaso de un estante y beben un poco de agua, primero uno y luego otro. Dejan el vaso en el fregadero y pasan por delante de Mr. Burns para regresar a su habitación.
—Tío, vaya movida —dice Pedro ya sentado en la cama.
—Yo creo que no se ha enterado de nada.
—Pues tenía cara de mosqueo.
A la mañana siguiente, los españoles desayunan con Mrs. Burns que les pregunta lo de todos los días:
—Hace un día precioso, ¿a qué sí?
—Sí, sí —responden casi al unísono mientras a través de la ventana atisban un sol pequeño que trata de aparecer entre las nubes.
Mr. Burns entra en la cocina, da los buenos días y con semblante serio vuelve a escanear la estancia. Se acerca a la mesa y coge la palangana. Mira en su interior, observa a los chicos y sale con la palangana en la mano. León y Pedro se miran un instante y vuelven a comer deprisa los cereales y las tostadas.
León se fija en un mensaje de un imán de esos que se pegan en el frigorífico. Nunca había reparado en él. No sin dificultad consigue traducirlo: “Todo salió perfecto porque nada tenía que salir de ninguna manera”.
De camino al centro de estudios donde reciben sus clases de inglés, León sigue dándole vueltas al mensaje de la nevera:
—Joder tío, mira que son raros estos ingleses —le dice a Pedro que camina a su lado.
—Y qué mal comen, coño —añade su amigo.