El trayecto de la esperanza

Andrés sube al autobús, coloca el abono transporte ante el dispositivo que lo lee y suena el pitido de validación. Según se está guardando el abono ve sentado hacia la mitad del vehículo a su vecino… “¿Juan Manuel es? Juan Manuel…, no, no, José Manuel, ¡eso es!” —se dice satisfecho. El bus no va del todo lleno, pero hay bastante gente, gente que se interpone entre él y su vecino.
Un olor a sudor rancio embarga a Andrés por un momento. Un monumento se adueña del ventanal del bus y Andrés se fija cómo Juan Manuel lo mira, torciendo incluso la cabeza como para terminar de contemplarlo. Andrés logra avanzar un poco, sortea a un estudiante con mochila, y mira a su vecino, buscando un contacto visual que no se produce.

—Próxima parada: Castellana, 46—anuncia la megafonía del vehículo. Y el movimiento interno se pone marcha: una señora de avanzada edad se levanta despacio, aferrándose a la barra que tiene más cerca, un hombre de traje avisa a la mujer que va a su lado para bajar, la disposición del grupo de pasajeros cambia. Se trata de una parada neurálgica en la que siempre baja mucha gente. Andrés ve cómo se despeja el camino hacia su vecino, que sigue mirando por la ventana.

—Hey, José Manuel, ¡qué casualidad! —dice Andrés situándose de pie delante de su vecino, que ocupa la primera fila de la parte trasera del vehículo.
—Ehm, ah, hola… —responde el vecino mirando muy poco a Andrés.
—Fíjate que he estado pensando en llamarte en estos días por un asunto de la casa.
—¿Ah sí? —dice José Manuel a media voz y volviendo a mirar por la ventana. Ahora no hay ningún monumento ni ninguna fuente ni nada que merezca la pena mirar, piensa Andrés.
—Sí, verás, es que estoy pensando en cerrar la terraza
—¿Y? —pregunta el vecino con el mismo tono de voz.
—Bueno, ya sabrás, por tu terraza, que es igual que la mía, que el ayuntamiento tiene prohibido cerrarlas.
—¿Y? —a Andrés le dan ganas de estrangular al vecino por tanto “¿Y?” desanimado.

Y, por si fuera poco, ahora va José Manuel y saca el móvil mirándolo fijamente. Vuelve el olor a sudor antiguo que casi le provoca un vahído a Andrés, mientras nota su mano húmeda agarrando la barra del autobús. Otro joven casi lo arrolla al pasar para bajarse. “Próxima parada: Plaza de Colón”. ¿Será ese chaval el que apesta a sudor?

—Pues lo que te decía, que no se puede cerrar la terraza, pero si lo haces, como hizo Jaime, mi vecino del otro lado, el del D, y nadie te denuncia durante los cuatro años posteriores a la obra, no pasa nada, se puede decir que ya es legal —explica Andrés tratando de captar la mirada de José Manuel. Éste levanta la cabeza despacio, mira a Andrés y vuelve a girar el rostro esta vez sí, para ver algo interés: la Biblioteca Nacional, la estatua de Colón, el Paseo de Recoletos…

—¿Y? —pregunta José Manuel sin despegar la vista del cristal.
—Pues hombre, que si cierro la terraza (me quedaría un salón precioso), Jaime está claro que no nos va a denunciar…
—¿Por?
—Pues porque nosotros no lo denunciamos a él en su día y no creo que se le ocurra —dice Andrés algo irritado ya.
“Próxima parada: Cibeles”.

Andrés mira hacia donde lo hace José Manuel: el Palacio de Comunicaciones, el Banco de España, el Instituto Cervantes…, la verdad es que es una plaza monumental que siempre le ha gustado mucho. El autobús frena, Andrés sale de su ensimismamiento y solo alcanza a ver que José Manuel se ha bajado.
—“¿Y?” —la pregunta le martillea la mente— “¿Y?”. ¡Joder! —exclama en voz alta y media docena de pasajeros se giran hacia él.

Andrés se suena con fuerza tratando de escapar del asqueroso olor a sudor que le persigue.

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