Estaba todo preparado para la primera cena de Nochevieja sin mi madre.
—A mamá le hubiera parecido bien esta mesa —dijo papá con semblante aprobatorio y melancólico a la vez.
—Sí, sobre todo si no se hubiera que tenido que quemar ella las pestañas en la cocina y prepararlo todo —respondí yo con mi combatividad feminista a flor de piel.
—Yo nunca la oí quejarse, Ángela.
—Papá, tú en general escuchabas poco a mamá.
—No empieces, por favor. ¿Crees que se notará que es un catering?
—No, Gonzalo y su novia van a pensar que lo has cocinado todo tú— dije con ironía. —Pero tienes razón, es mejor que tengamos la fiesta en paz.
Sonó el timbre de la puerta y fui a abrir, convencida de que mi padre no lo haría. Allí estaba Gonzalo, tan guapo como siempre y con su ropa tan ‘alternativa’ como siempre, acompañado de una treintañera pelirroja, con pecas y con un abrigo y un vestido que le quedaban que ni pintados, la verdad.
—¡Hola hermanita! Mira, esta es Raquel.
—Hola Raquel, encantada
—Hola Ángela —dijo mi nueva ‘cuñada’ con espontaneidad y simpatía
—Pero no llegamos tarde, ¿no?
—No, tranquilo. Dadme los abrigos, pasad.
La cena transcurrió con normalidad y hasta de forma agradable hasta que mi padre soltó aquello de:
—Hijo ya vas para la cuarentena y sigues vistiéndote raro, pareces un sarasa.
—¡Papá por favor! — exclamé yo con un tono casi suplicante por mantener la paz.
—¿Y qué les pasa a los sarasas?¬— dijo Gonzalo con las mejillas enrojecidas.
—Nada, pero entiende que no me guste ver a mi hijo como uno de ellos.
—Pues no, no lo entiendo.
—Ya está bien, dejadlo los dos— dije ya sin mucha convicción.
—¿Qué te pasa con los maricones, papá? Porque así les llamas, no te cortes porque tengamos visita: homosexuales o gays, no. Maricones— le espetó Gonzalo
—¡Pues lo que me pasa es que son gente torcida, enfermos, no es natural que a uno le gusten los de su propio sexo! — gritó mi padre lívido.
—¡No me grites! Y para que te enteres de una vez: yo soy un desviado, un enfermo como tú nos llamas— saltó mi hermano mientras Raquel le cogía del brazo en un intento por calmarlo.
—¡¿Quéé?! -aulló mi padre completamente fuera de sí.
—Como lo oyes, Raquel y el año pasado Sandra y Verónica hace dos navidades son amigas que han aceptado pasar por novias mías. Mamá me lo aconsejó, evidentemente porque temía tu salvajismo, y yo acepté.
—No puede ser, no puede ser— repetía mi padre echándose las manos a la cara y estrujándose el pelo de las sienes. —¿Lo dices en serio, Gonzalo?
—Sí papá, soy gay. Mamá lo sabía desde que yo era adolescente.
—Vuestra madre como siempre cubriéndoos las espaldas…
Ahí ya no pude resistir:
—Papá, estarías mejor calladito. Que mamá no solo nos cubría a nosotros.
—¿Qué quieres decir?
—No me hagas hablar… —respondí en un intento de que aquello no acabara mucho peor de lo que ya estaba.
—¡Habla coño, déjate de misterios!, además de solterona, intrigante.
—Muy bien, bocazas, tú lo has querido — dije con una bola de fuego apoderándose de mi mente por la roña con la que había dicho “solterona”:
—¡Pues que tú también eres maricón!
—¿Pero qué, qué dices? —tartamudeó mi padre con un tono de voz entre incrédulo y temeroso.
—Pues eso, me enteré con ocho años cuando mamá y tú discutisteis porque te pilló con un becario del trabajo un fin de semana que ella no estaba, pero regresó antes de tiempo para tu fatalidad. Gonzalo y yo estábamos de campamento, pero las broncas se prolongaron durante tiempo después y yo haciéndome la dormida fui testigo de unas cuantas. Y en todas quedó de manifiesto que te gustan los hombres, papá—concluí con una sorprendente serenidad que fui ganando a medida que hablaba.
Mi padre se incorporó sin levantar la mirada del mantel y se dirigió como un rayo hacia su dormitorio.
—Feliz 2026— dijo Raquel, entre tímida y traviesa, aun con cara de sorpresa, levantando la copa en un intento de distender el ambiente.