Viaje en el tiempo

Plic, plic, plic — Las gotas caían sobre el alfeizar de la ventana con periodicidad matemática. Plic, plic, plic, un intervalo de silencio, siempre el mismo, y vuelta a empezar. El hombre, sentado en su butaca, se acarició la barba. Le gustaba sentir el pelo poblado en su mentón. Le resultaba agradable, le ayudaba a pensar.

Plic, plic, plic. Nada, llovía sobre mojado y nunca mejor dicho. Ese trío de impactos de la lluvia en su ventana se integró en su campo auditivo, como el sonido del reloj del horno o el de los segundos de su reloj de pared. No les prestaba atención. Convivía con ellos.

Cogió su pipa y dio una calada. Estaba apagada. Pero los efluvios del tabaco, parte quemado y parte aun sin quemar, le llegaron poderosos y agradables a su paladar y a su nariz. Empujó con los dedos su bigote hacia la nariz. También le gustaba sentir el aroma del tabaco de sus dedos y su bigote.

Quería y no quería. Por eso lo meditaba tanto. Vio un relámpago a través de la ventana y se preparó para escuchar el correspondiente trueno. Y le decepcionó, fue un sonido algo ahogado y prolongado pero sin la potencia que hacía augurar la deslumbrante luminosidad que le precedió.

Aquel mail de Ágata le sorprendió y le alegró sobremanera. Tantos años sin saber de ella (¿más de dos décadas?), pero siempre teniéndola en la memoria, y ese mensaje: “Hola Sergio, ¿te acuerdas de mí? El 18 de noviembre estaré en París. Me encantaría verte”. Se lo sabía de memoria. Aún así, lo releyó varias veces como para certificar que no era un sueño.

Se acarició el pantalón de pana a la altura del muslo. Le agradaba sentir el relieve de la gruesa tela. Encendió la pipa. Veía como la llama del mechero aumentaba y menguaba según le daba caladas a ese tabaco inglés que olía casi más rico de lo que sabía.

Plic, plic, plic… no lo escuchaba. Sergio se sentía mayor y bastante derrotado, y sus finanzas más o menos igual. Un viaje a París, con vuelo y estancia, más los gastos de comer, taxis y demás, suponía para él un auténtico dispendio. El sonido de la cafetera le hizo volver al presente. El olor del café recién hecho también. Fue a la cocina. Le gustaba levantar la tapa de su cafetera italiana e inhalar ese aroma.

Otra vez sentado en el salón, degustando el café solo y sin azúcar, recordó momentos con Agata: su risa, sus ojos hechizantes, su olor, esa fragancia fresca y penetrante a la vez. Miró por la ventana. Seguía lloviendo. El cielo gris plomizo no ayudaba a tener buenas sensaciones. Pero las tuvo. Degustó con deleite su café amargo y abrió la aplicación del banco en su móvil. Su saldo efectivamente no resultaba alentador. Pero tenía crédito. Decidido, iría a París.

Sus oídos recuperaron el plic, plic, plic que siempre estaba ahí y en su cara se dibujó una sonrisa generosa, amplísima, infrecuente, reparadora.

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