Muerte sabia

-Me gustaría q vinieras a la fiesta de entrega del premio. Es el próximo jueves.
-Joder qué pocas ganas. Es mi mejor amiga, pero no soporto ese ambiente, sus amistades del mundo literario, tanto snob, tanto gilipollas, tanta apariencia.
-Uy, pues no voy a poder
-¿Y eso?

Joder y ahora, ¿qué se supone que tengo que decir? ¿Qué no tengo ni puta gana? ¿Le miento? ¿Le destrozo diciendo que ese círculo suyo es insoportable, que lo detesto? ¿Y algo intermedio?

-¿Podemos vernos uno de estos días y te lo cuento?
-¿Tan grave es?
-No, no, pero prefiero hablarlo mejor en persona q por wasap.
-Vale, pero ya cuento con tu no, joder, tenía muchas ganas de q estuvieras ahí conmigo.
-Lo sé, lo sé, Raquel, por eso quiero hablarlo.
-Venga pues nos vemos mañana cuando salgas del trabajo. Si quieres nos tomamos algo en el Hendrich.
-Vale, un beso y enhorabuena, ¿eh?
-Gracias traidor. Un beso

Coño pues parece que no se lo ha tomado tan mal. A ver cómo se lo explico mañana, pero bueno, primer asalto superado.

*****

El Hendrich, un garito de toda la vida, un superviviente de la movida madrileña, el cambio de siglo y el cambio de costumbres. Buena (y vieja) música, cerveza, copas y algunos sándwiches y algo de picar. Una extraña mezcla entre bar y bar de copas. Con un horario generoso: de 19 a 3 horas salvo los lunes que descansa el personal.

Raquel y Sergio frecuentaban el Hendrich desde la época de la facultad. Siempre les había gustado y habían pasado allí muchas noches, muchas borracheras, habían compartido muchas depres, amoríos, cuernos, decepciones y éxitos. Por eso se sentía terriblemente traidor por no querer ir a la entrega del premio de su querida amiga. Esa amiga que deseó sexualmente en algún que otro momento de su larga relación; un deseo que nunca se materializó y de lo que se alegraba enormemente. Mucho mejor tener una amiga para toda la vida que otra relación de la que lamentarse. Porque tenía claro que Raquel y él eran demasiado parecidos como para poder convivir. Demasiado intensos.

El caso es que allí estaba, con su tercio de Mahou, sentado al lado de la ventana, viendo cómo llovía y esperando el mal trago de explicar a su querida amiga por qué no iba a acompañarla en un día tan importante para ella.

-¡Hola!

Tan alegre, radiante y joven como siempre. Aunque el medio siglo ya lo había dejado atrás. Y aunque llovía y estaba bastante empapada.

-¿Qué tal, Rachel?
-Bien ¿y tú? ¿Llevas mucho? Vaya cara que tienes. ¿Qué te pasa?
-Nada, bueno, sí me pasa, de eso quería hablarte.
-No me asustes.
-No, no, si es por lo de la fiesta de tu premio (mejor no andarse por las ramas, valor y al toro).
-Oye, no te preocupes por eso, me gustaría que vinieras, pero si tienes otros planes, que tienen que ser cojonudos (y ríe), podré superarlo— Y con una sonrisa deslumbrante, levanta la mano para pedirle a Mariano, el camarero de toda la vida, un vino blanco.
-Pues esa es la cuestión, que no tengo otro plan.
-¿Entonces?
-Mira Rachel, de un tiempo a esta parte he decidido dejar de agradar por agradar, dejar de ser el tío más encantador del mundo y dejar de poner lo de los demás delante de lo mío.
-Ya, pero por lo que dices no hay nada tuyo delante de lo de mi premio.
-Correcto… (qué lista es la jodía).
-¿Entonces?
-¿Te has rayado?
-¿Cómo?
-Que no paras de decir “¿entonces?”
-Ah, ¡jajaja!, siempre tan capullo. Venga dispara.
-Pues que no estoy nada cómodo en esos ambientes.
-¿El ambiente literario?
-Sí, el literario, los periodistas, seguro que irán políticos, otros artistas, demasiado postureo para mí. Me siento muy desubicado ahí.
-Pues tú y yo hemos ido a unos cuantos actos así.
-Por eso sé que no me gustan.
-Coño pues has tardado en darte cuenta.
-Pues no, ese es el problema.
-Me estoy perdiendo.
-Pues que nunca me han gustado y he ido porque se suponía que tenía que ir. Y ya no tengo edad para hacer cosas que no me gustan, si puedo evitarlo, claro.

Raquel cogió su copa y bebió sin dejar de mirarle, tratando de entender, tratando de descubrir algo de su amigo que se le escapaba. Sergio esperaba sus palabras como si estuviera en el banquillo de los acusados.

-Te propongo una cosa —dijo ella.
-Dime —replicó Sergio con cierta prevención­­.
-Pues ve al acto de entrega del premio, escuchas los discursos, sobre todo el mío, y te piras. Me gustaría mucho que vinieras, de verdad — y va y pone esa cara irresistible de gatita abandonada — porque lo que te da mal rollo es el coctel, ¿no?
-Pues mira, así planteado…, no suena mal, la verdad.
-¡Dime que vendrás! Por fa…
-Venga, vale, voy.
-¡Bieeen! ¡Dame un beso! y mientras lo dice ya se ha levantado y vuela hacia él sonriendo, iluminada, emitiendo esa energía tan buena, tan suya.

Qué rápido le convencía siempre. La verdad es que no había pensado en esa solución intermedia y concluyó que eso mismo podría aplicarlo a otros ámbitos de su vida. Las cosas no son negras o blancas, le convenía trabajar más los grises.

Tras dos cervezas más y una agradable charla, Sergio cogió su moto y puso rumbo a su casa. Iba pensando en lo bueno que es tener amistades como la de Raquel, cuando pasó. No lo vio. Bueno, si lo vio, pero no pudo reaccionar a tiempo. Ese coche salió por su derecha como un cohete y se lo llevó puesto.

*****

La recuperación fue larga y dolorosa. Apenas le quedaron secuelas gracias a que llevaba el casco y porque en el momento del accidente instintivamente levantó la pierna derecha donde impactó el automóvil que lo propulsó más de 20 metros volando.

El tiempo que estuvo en el hospital, incluidos 15 días en la UCI, fueron una experiencia sorprendente para Sergio. Su hija le venía a ver con frecuencia y notó que el vínculo que los unía, bastante deteriorado antes del accidente, se fortalecía y enriquecía. Rachel también pasaba muchas tardes con él en el hospital y le tenía al tanto de todo, de todo lo que le interesaba, claro, porque en esos meses de cautiverio apenas se interesó por la actualidad. Algunos amigos también le visitaban, solían ser visitas cortas, quizás de compromiso. A nadie le gustan los hospitales, la verdad.

Pero lo novedoso de su forzada reclusión fue su compañero de habitación. Un hombre de 80 años, viudo, que también había sido atropellado, aunque él iba a pie. Benito era un hombre…, Benito era un hombre, punto. Con la sabiduría que dan los años bien aprovechados, con una inteligencia natural maravillosa, unos principios y una filosofía vital admirables.

A Benito le visitaban los vecinos, no tenía familia. Además de perder a su mujer hace unos años, antes perdió a sus dos hijos, chico y chica, también en un accidente de coche cuando eran veinteañeros y se mataron borrachos con otros dos amigos una noche de fiesta en la sierra. Pero la soledad de Benito no era amarga, no transmitía ni rencor, ni maldecía su suerte ni echaba pestes todo el rato como tantos otros ancianos. Benito irradiaba luz, armonía, sosiego, paz. Le gustaba charlar con Sergio, pero para nada era pesado, al contrario, Sergio solía iniciar las conversaciones (y Benito las acababa). Sus silencios también eran relevadores. Era un personaje extraño, extraño no, especial. Sorprendentemente distinto.

-Papá, estoy pensando en irme a Ámsterdam si consigo una beca.
-¿Y qué vas a hacer allí?
-Pues hacer el master y buscar trabajo, allí es más fácil que aquí y sobre todo que no pagan la mierda que en España, que es una puta vergüenza.
-Esa boca…
-¡Es que es verdad! Y luego hablan de la fuga de talentos. No te jode, con 1.000 euros al mes no sé qué talento esperan retener.
-Bueno hija piénsatelo bien, sería un cambio de vida radical —dijo pensando en lo solo que se iba a quedar.
-Tranquilo que aún queda hasta saber lo de la beca, pero vamos que yo estoy supermotivada con el tema.

Hablaron algo de la evolución clínica de Sergio y Lucía se fue que tenía que arreglarse para una fiesta de antiguos alumnos del instituto.

Cuando Lucía salió de la habitación, su padre, que de repente ya se sentía más abandonado que un huérfano en la posguerra, lanzó un largo suspiro.

-¿Todo bien? — preguntó Benito con su voz grave y pausada.
-Bueno, he tenido épocas mejores.
-Ya.
-Es que me jode que ahora que parece que volvemos a conectar se vaya a marchar.
-Y te vas a sentir muy solo.
-Pues sí.
-Lo que sucede conviene.
-¿Cómo dices?
-Que lo que sucede conviene, es un dicho cubano. Ya te conté que soy medio cubano, ¿verdad?
-Sí, pero hasta ahora no me habías deleitado con perlas de la sabiduría popular cubana.
-El refranero, los dichos, son sabios, da igual su nacionalidad. Y de hecho hay muchos que son equivalentes en varios países.
-Vale, vale, pero ¿por qué me va a convenir perder a mi hija?
-No sé.
-¿Entonces?
-Lo que sí sé, es que resistirse contra lo que nos pasa es mal negocio. Aceptar es la mejor alternativa.
-Ya, resignarse.
-No, la resignación es derrota. La aceptación, inteligencia, crecimiento.
-Vaya con el yayo Sócrates.

(Silencio atronador de Benito que se prolongó durante varios minutos porque Sergio sintió que había metido la pata hasta el fondo y no sabía cómo remediarlo).

-No quería ofender… — alcanzó a murmurar.
-No lo has hecho. Sí que habrás oído que no ofende el que quiere sino el que puede, ¿no?
-Sí, eso sí me suena.
-Pues no me has ofendido porque no he dejado que lo hicieras. Yo elijo si me afecta o no lo que me dicen, o cómo me afecta. Es un poco como lo de la aceptación.
-Ya, o sea que voy yo, le doy a un botoncito y no me afecta que mi hija se vaya a Holanda y no la vea más que en Navidades, y eso con suerte.
-Puedes llamarlo botoncito.
-Ya sabes a lo que me refiero Benito, que no es algo que uno decida.
-O sí.
-Vale, para ti la perra gorda.
-Ojalá — dijo el viejo mientras miraba traviesamente a la enfermera brasileña enorme, mulata, con un culo que quería reventar los pantalones del uniforme y de donde no quitaba los ojos Benito.

“Viejo salido…”, pensó Sergio y se dio la vuelta para intentar leer. Le había molestado esa conversación con su vecino de cama.

Habían llegado a los dos meses de convivencia. Pensándolo bien tenía amigos de largo recorrido con los que había hablado menos en toda la vida que con Benito.

-¡Benitoooo, las manos quietas! — oyó que decía Ivone, la enfermera gigante apartándose del viejo
sátiro— Menudo debías ser tú de joven — añadió la mulatona al salir de la habitación sin poder dejar de sonreír.

La convivencia con el anciano era bastante llevadera. A los dos les gustaba ver deporte en la televisión, que funcionaba con monedas y cuyo coste se repartían ambos por semanas, coincidían en ver las noticias a las nueve de la noche y, salvo alguna película que otra, no veían más la tele.

*****

Benito era, como él mismo decía, hijo de la guerra. Emigró del pueblo con sus padres cuando tenía 14 años, en los años 40, cuando en Madrid aún se pasaba más hambre que en los pueblos. Consiguió a través de su tío un trabajo de aprendiz en una zapatería y con esfuerzo fue avanzando en la escala social en paralelo con el crecimiento económico del país. Se casó con casi 30 años, una edad avanzada para la época, con Francisca, una mujer fuerte y echada para delante con la que tuvo dos hijos. Sara y Tomás. La familia se desenvolvió bien, no sin apreturas, sobre todo al principio, y se incorporó a una pujante clase media que disfrutaba de los primeros utilitarios seiscientos y las primeras vacaciones más allá de la sierra madrileña.

El matrimonio con Paca coincidió con que Benito se estableció por su cuenta con una zapatería pequeña, pero bien ubicada, en la calle Fuencarral, la arteria madrileña de las joyerías y zapaterías. Con mucho trabajo y la ayuda de su mujer, Benito se convirtió en un empresario próspero que pudo financiar los estudios de sus hijos hasta la universidad y hasta el fatídico accidente: Sara, Biología, y Tomás, Ingeniería industrial.

Cuando Francisca también murió, de vieja como se decía antes, Benito se quedó más solo que la una. Hablaba poco, por no decir nada, de su familia. Pero no se le veía amargado ni triste, todo lo contrario. Emanaba paz, sabiduría, alegría de vivir, y todo a sus casi 90 años y sin apenas levantarse de una cama de hospital.

-Benito, ¿tú crees que se puede amar a dos personas a la vez?
-Y a 10, y a 100.
-Me refiero a amor romántico, de pareja.
-Ah bueno, eso depende del tiempo que tengas y cómo te organices —dijo el viejo con un tono de voz travieso.
-¿A ti te ha pasado?
-Sí, y resultaba estresante, como se dice ahora.
-¿Y cómo te sentías además de estresado?
-Pues…, afortunado y con cierta preocupación constante de gestionar bien mi actividad sexual. Ya sabes que el hombre cuando más vigor tiene (dicen que el máximo es sobre los 23 años) no tiene donde meterla y cuando le falta vigor es cuando se multiplican las oportunidades de follar. Se trataba de un equilibrio inestable lo de satisfacer a todas.
-¿Fueron más de dos?
-Tuve una temporada que atendía a tres mujeres bastante fogosas, la verdad.
-¿Y ellas sabían de la existencia de las otras?
-No y sí. No lo sabían ‘oficialmente’, no querían saber, pero sabían.
-¿Y tú no te sentías culpable? Sobre todo con Francisca, porque imagino que una de las cuatro era tu esposa.
-Sí, así es. Me sentí culpable al principio, pero cuando me di cuenta de que a la Paca lo único que la importaba era la unidad familiar y el sostén económico, y le garanticé ambos, las cosa se relajó. ¿Por qué me preguntas eso? ¿Te está pasando a ti?
-Bueno…, digamos que me pasó. De hecho, esa fue la razón de mi ruptura con Sonia.
-¿Y de cuántas ‘novias’ estamos hablando?
-No, no, sólo Sonia y otra, Lorena. Y la putada es que se conocieron al principio de mi relación adúltera (qué mal suena, ¿verdad?) y se llevaron muy bien. Llegué a fantasear con hacer tríos con ellas, pero no. Sonia leyó un diario mío en el que se traslucía que Lorena era algo más que una aventura y me dijo que tenía que elegir: o ella o Lorena.
-Y elegiste a Lorena.
-Bueno, tampoco fue así exactamente. Lo primero es que no pude superar que Sonia violase mi intimidad leyendo mi diario y luego, después de mucho comerme la cabeza, de mucho tormento, me di cuenta de que no me gustaba la forma que tenía Sonia de amarme, tan posesiva, tan… o Lorena o ella. Le dije que no se trataba de elegir, que no me cabía en la cabeza que mi pareja me pusiera en ese brete, contra la espada y la pared. Además de que trató de chantajearme con nuestra hija. Se lo contó todo a Lucía, que por entonces tenía 16 años, y esta se puso del lado de su madre, claro, pero de una manera casi violenta y dejó de hablarme. El ambiente en casa se hizo irrespirable y después de unas semanas insoportables decidimos separarnos.
-¿Y?
-Pues aquí me tienes, de mal en peor.
-Pero ¿qué pasó con Lorena?
-Con semejante lío yo me aislé bastante de todo, de ella también. Creo que nunca estuve enamorado de ella, fue como una válvula de escape en una vida que no me satisfacía. Pero a la vez era la ‘culpable’ de mi fracaso familiar, por lo que la aparté de mi una temporada. Ahora se puede decir que somos buenos amigos.
-¿Te la sigues follando?
-Sí, pero nada que ver con lo del principio. Pero es que Lorena es muy sexual. Y me gusta verla teniendo sexo con otros, me excita terriblemente. Sabiendo que no hay nada más que sexo, claro. Si hubiera sentimientos seguro que me pondría exponencialmente celoso.
-El ego.
-¿Cómo?
-Que eso es el ego.
-El qué.
-El temor a que ella quiera a otros, que no seas tú su macho alfa, el número uno, que otro te arrebate ese trono.
-Coño, visto así…
-¿Tú no habrías querido más a tu exmujer, si te dejara a tu aire, si no sospechara de ti, si no te quisiera hacer renunciar a ver a Lorena y tu volvieras con ella cada vez que quisieras, sin sentimientos de culpa, sólo porque te apeteciera estar con ella?
-¡Claro!
-Pues aplícate el cuento con Lorena. Esa liberalidad tuya con Lorena no es tal. Si ella siente algo por otro entonces no juego. El amor es como el mercurio en la palma de la mano: si lo tratas de coger se escapa, pero si lo dejas, ahí se queda en la palma de la mano. Y pon la tele que empieza el Atleti.

Lo del futbol no lo escuchó. Se quedó pensando en que una vez más funcionaba su embudo. Lo ancho para él, lo estrecho para los demás.

*****

-Qué pesados en el trabajo. Estoy hasta los huevos de sus llamaditas. Aparentemente quieren saber cómo estoy, pero en realidad llaman para preguntar cosas de la oficina — comentó en voz alta Sergio con indisimulable mal humor

-Eso es que te echan de menos.
-Eso es que no saben hacer la o con un canuto.
-Bueno, si no fueras útil no te llamarían.
-Puede ser, la cosa es que no me gusta mi trabajo.
-No te gusta tu trabajo, no te gusta ir a cocteles de artistas (qué jodío el viejo, cómo se acordaba de lo que le había contado del premio de Raquel), no te gusta que tu hija se vaya a buscarse la vida al extranjero…, chico, qué de cosas no te gustan.
-Es que mi trabajo es una mierda. A ver, no es una mierda, pero no me motiva, lo vivo como una rutina tediosa, y por épocas estresante, que necesito para sobrevivir.
-No es poca cosa.
-El qué.
-Sobrevivir.
-Ah ya, ya estamos con la filosofía. ¿No quieres saber en qué trabajo?
-Si quieres decírmelo tú…, pero vamos que no hace falta.
-Gracias por tu interés, Benito — repuso Sergio con evidente ironía.
-No necesito saber en qué trabajas para ver cómo estás. Seguro que has pensado en cambiar de curro, pero has tenido miedo de dar el salto al vacío o la ecuación ingresos-calidad del trabajo, calidad para ti, no daba el resultado que esperabas.
-Algo de eso hay, sí.
-La buena noticia es que si cambias tú, el mundo cambia.
-No me jodas, Benito.
-¿Te has dado cuenta de que todo tu malestar lo colocas en el exterior?
-Qué quieres decir.
-Pues que en realidad no es el trabajo, ni tu hija, ni tu ex, ni el accidente, ni los artistas lo que te tienen cabrón.
-¿Ah no?
-No.
-¿Y qué es entonces?
-Digamos que tu malestar interior se coloca en cualquier percha del exterior.

Sergio no dijo nada. El cabrón del abuelo parece que sabía de lo que hablaba.

– ¡Eeeehhhh! ¡Mira quién nos visita, chaval! — dijo Benito con entusiasmo no disimulado al ver entrar en la habitación a Ivone, la mulatona de culo gigante.
-¡Ay este hombre, siempre igual! — dijo ella con un tono algo travieso.
-Es que siempre me tienes muy loco, ¡princesa de la salud pública!
-Pero Benito que no tiene usted edad para ser tan zalamero.
-Mi querida enfermera, el día que una real hembra como tú no me alegre la vista y la vida es que ya no estaré entre los vivos. ¡Esas caderas de mujer de verdad, olé!
-Así una no puede trabajar— dijo Ivone mirándome a la búsqueda de complicidad.
-No le hagas caso— intervino Sergio—, ya sabes que es un viejo verde.

*****

-¿Y a esta no te la has follado? — le preguntó Benito cuando Raquel acaba de cerrar la puerta de la habitación.
-¡Sshhhh! ¡Que te va a oír!
-¿Y?
-Coño pues que no me apetece que piense que ando hablado contigo de si me la follo o no.
-¿Pero te la has empotrado o no?
-¡Noooooo!
-¿En serio?
-Que si, en serio, coño Benito, no te pongas pesado.
-¡Pero si está bien rica!
-Ya, pero… en su momento no cuajó y todo ha quedado en una muy buena amistad.
-¿Tú crees en la amistad entre un hombre y una mujer?
-Pues fíjate, antes no, pero desde que conozco a Raquel tengo que decir que sí.
-Así que ya no te la quieres follar.
-No.
-¿Y si se te insinuara en plan Mata Hari?
-Qué comparación tan actual. Pues no lo sé, uno no es de piedra, pero vamos que ahora mismo, y desde hace mucho tiempo, no siento ninguna atracción física por ella. Pero la necesito como amiga, sentirla cerca, saber que puedo hablar de todo con ella. ¿Tú no has tenido amigas?
-A la fuerza.
-¿Cómo a la fuerza?
-Pues porque eran mujeres de amigos o familiares o relacionadas con el trabajo… es decir que metérsela hubiera sido meter la pata, pero bien.

*****

La puerta se abrió sin llamada previa. Su hija entró radiante.

-¡Papá me han concedido la beca para Ámsterdam! —prácticamente gritó antes de saludar- ¡Uy perdón que no he dado ni las buenas tardes!
-Qué bien hija, me alegra verte tan contenta.
-¿A ti no te alegra?
-Si hija, te voy a echar mucho de menos, pero me alegro por ti.
-Me voy en menos de un mes, ya tengo los billetes.
-¿Ya?
-Sí, Nacho ha encontrado un chollo increíble, 47€, solo ida, claro.
-¿Quién es Nacho?
-Ah, ¿no te he hablado aun de él?
-Me acordaría. Cuenta.
-Pues es un amigo de la facul…, un amigo algo especial.
-¿Novio?
-¡Qué dices papá! Eso de novio es del Cretácico.
-¿Follamigo?
-¡Papaaaaá!
-Hija, qué quieres, es para entenderlo.
-Bueno, el caso es que vamos juntos y compartiremos piso con una francesa y un italiano.
-¿Les conocéis?
-Por Teams, parecen muy majos.

En esos términos continuó la conversación mientras Benito dormía, o eso parecía. Cuando Lucía se marchó, exultante, tras haberle dado a su padre un beso más efusivo de lo habitual, Benito se ‘despertó’.

-Se le ve buena chica.
-Lo es.
-Pues eso es lo importante.
-Claro.
-Bueno, claro…
-¿En qué estás pensando?
-No creo que quieras saberlo.
-Venga Benito, no seas así, ¿cómo no voy a querer saber de mi hija?
-Porque no es sobre Lucía.
-¿Ah no? ¿Entonces?
-Hasta para hablar de ella te pones tú primero.
-¿Cómo?
-“Mi hija”.
-Y qué quieres que diga, ¿la hija del fontanero?
-No quiero que digas nada, me has dicho que en qué estaba pensando.
-Sí, y quiero saberlo.
-Pues no es sobre Lucía.
-Eso ya me lo has dicho.
-Es sobre el tonto de su padre.
-¿Y qué has pensado sobre mí?
-El daño que te hace el ego, como a todo el mundo.
-¿El ego?
-¿Y qué tiene que ver mi ego con Lucía?
-¡Mucho mejor ahora!
-Benito, ¿te han cambiado la pastilla? No te sigo para nada.
-Has dicho Lucía en vez de “mi hija”.
-Es lo mismo, ¿no?
-Sí y no.
-Ya empezamos…
-Es Lucía, persona individual, independiente, autónoma. Es tu hija, sí, pero ahí es donde entra el ego: “Mi”. Yo, mí, me, conmigo.
-¿Quieres decir que hasta hablando de mi hija me pongo yo por delante?
-Lo que te quiero decir es que el ego es un estorbo de cojones. Que es insaciable, que lo mejor es aprender a que se difumine, a superarlo de alguna manera.
-Me gusta la ‘música’ pero no acabo de pillarlo.
-¿Te acuerdas de que me contaste lo de Raquel y que no querías ir a la entrega de su premio?
-Sí.
-¿Y por qué no quieres acompañar a una amiga tan querida a un acto tan importante para ella?
-Ya te dije, no soporto a esa gente. Y se lo expliqué a ella y lo entendió.
-Ella sí que te quiere bien.
-¡Joder Benito! ¿Quieres decir que yo no la quiero a ella?
-Así a lo bruto podría decirte que te quieres más a ti, pero tampoco es eso exactamente. ¿Te imaginas que fuera al revés?
-¿Que no me quisiera a mí mismo?
– ¡No coño! Que te fueran a dar un premio (al merluzo del año sería) que te hiciera mucha ilusión y que Raquel te dijera que no va.
-Joder, la verdad es que visto así…

*****

La luz entraba por la ventana, como siempre, a sus anchas. Sergio se despertó y no vio a Benito en su cama. Debía estar en el baño, pero no, la puerta estaba abierta y la luz apagada. No se imaginaba al viejo dando una vuelta por los pasillos del hospital, ni con andador. Su extrañeza fue en aumento. Sobre todo porque el andador descansaba debajo de la ventana. Al cabo de un rato que se le hizo eterno entró una enfermera en la habitación y antes de saludarla preguntó por Benito.

-Se lo llevaron de madrugada a la UCI, ¿no se lo han dicho?
-Me lo estás diciendo tú. ¿Y qué le pasa? Ya sé que tiene que ser grave, ¿pero mucho?
-Ay hijo no lo sé, pregunta a los médicos cuando hagan su ronda de la mañana.
-Gracias — le dijo con una entonación que podría haberse traducido por “hija de puta”.

Con mucha dificultad logró bajarse de la cama, se quitó el gotero sin pensárselo demasiado, alcanzó el andador y comenzó a dar pasos torpes e inseguros hacia la puerta. Recordó su ‘entrenamiento’ budista y aquello de no pensar en lo que te queda, en este caso por andar (dos largos pasillos hasta la ‘recepción’ de esa planta), y concentrarte en cada paso, y nunca mejor dicho. Así, con el culo al aire y las pantuflas que por fin le trajo su hija (después de pedírselas media docena de veces) avanzaba como un extraño humanoide por el pasillo del hospital. Según caminaba a la velocidad de un galápago y veía el panorama del hospital, concluyó que su aspecto y sus movimientos no desentonaban del deprimente conjunto. A través de algunas puertas abiertas de las habitaciones vio escenas que bien podía haber inmortalizado Alex de la Iglesia: un tipo en silla de ruedas que fumaba presuntamente a escondidas con la ventana entreabierta, una gorda tumbada en una cama o lo que se suponía que estaba debajo de ella porque sus carnes fofas de paquidermo no dejaban ver la estructura heroica que soportaba ese tonelaje, una sesentona y lo que debía ser su hija discutiendo como perras rabiosas al lado de la cama de lo que en su tiempo debió ser el patriarca de la familia, cuyo gesto tras la mascarilla de oxígeno sólo traslucía enfermedad, derrota y cansancio, mucho cansancio.

Ciertas escenas de los pasillos tampoco defraudaban. Un tipo delgadísimo y con melenas sucias y despeinadas se tocaba sus partes haciendo gala de un exhibicionismo que no encontraba público salvo a Sergio, que apartó la cabeza con asco y disgusto a la vez que trataba de acelerar para dejar atrás la escena. Medio segundo después, una enfermera mascando chicle y tecleando su móvil como una posesa sin levantar la mirada, pero moviéndose con una seguridad pasmosa le espetó:

-¿Adónde va?
-Al mostrador, a informarme.
-¿De qué?
-Del resultado del Euromillón.
-¡Pero qué gracioso! — y continuó caminando y manteniendo su conversación virtual texteando como una maníaca.

Por fin giró la esquina que unía los dos pasillos y a unos 30 metros divisó la recepción. No quiso cantar victoria porque sabía que grandes empresas, épicas aventuras y maravillosas relaciones se habían ido a tomar por el culo por un fallo, un despiste, un exceso de confianza en el último trecho de las mismas. Se concentró en lo que tenía entre manos, el andador, y debajo de los pies, el suelo, y caminó con concentración y mucha voluntad.

-Hola
-Pero Sr. Lanz, ¿qué hace usted aquí? Debería estar reposando en su habitación — le dijo sorprendida una de las enfermeras habituales del turno de mañana.
-Necesito saber cómo está Benito, mi compañero de habitación, por lo visto se lo han llevado a la UCI de madrugada.
-Déjeme ver… — dijo la guapa enfermera mientras tecleaba con eficiencia en el ordenador — Mmmm, sí, está en la UCI. Le dio un ictus.
-¿Y cómo está?
-En observación. Las próximas 48 horas serán decisivas — dijo una voz a su espalda que pertenecía a uno de los doctores que, según explicó a continuación, había atendido a Benito en la UCI.
-Gracias doctor, pero ¿cuál es el pronóstico? Si supera esas 48 horas, ¿volverá a estar bien?

-Ya sabe que no nos gusta aventurar diagnósticos sin tenerlo todo muy claro (de lo poco que conocía a ese médico le gustaba porque entendía todo lo que decía, sin enredarse en palabros técnicos), pero la experiencia de casos similares sugiere que si sobrevive su deterioro cognitivo podría ser elevado: como la pérdida del habla o la parálisis total o parcial.

-“¡Cojones, vaya puta mierda!”—pensó Sergio—. Gracias por su franqueza, doctor.
-No hay de qué.

Sergio llegó a captar la mirada compasiva y empática de la enfermera que hasta en esa situación tan putapénica estaba para merendársela con babero incluido.

Sergio regresó a su habitación en silla de ruedas empujado por un celador que le regañaba cariñosamente por su travesura de ir a dar una vuelta por el hospital con el culo al aire.

-Que ya es usted mayorcito…, ¿tanto le gustan nuestras enfermeras que no puede esperarlas en su habitación? — le preguntó con socarronería el celador.
-Algo de eso debe ser, sí — replicó Sergio sin atender demasiado a la conversación y mientras pensaba en Benito y su diagnóstico de mierda.

Mejor sería que no superara las putas 48 horas y que muriera dignamente, pensó. Seguro que Benito preferiría eso antes que quedarse gagá y necesitado de que le limpiaran el culo, las babas y le dieran de comer durante lo que le quedara de vida.

Cuando se acomodó en la cama no paraba de darle vueltas al asunto. Ni se acordó de que a esa hora juagaba el Real Madrid la semifinal de la Champions. Benito iba para abajo y él en cambio se recuperaba más que satisfactoriamente. Las dos intervenciones que le hicieron en la pierna tras el accidente le iban a suponer unos seis meses de convalecencia en el hospital, más una rehabilitación del carajo la vela. Resulta que los médicos habían sido demasiado pesimistas, qué raro, y su recuperación iba acortando plazos a buen ritmo. Llevaba dos meses largos allí y en 15 días puede que le dieran el alta, según le había dicho aquella misma mañana el traumatólogo que le operó. Así que le quedaban dos semanas de estar allí y parece que sin Benito.

Al día siguiente logró dar con otro de los médicos de la UCI y le preguntó por Benito, bueno realmente le sometió a un tercer grado acribillándole a preguntas. La conclusión fue la misma: si su amigo sobrevivía se iba a quedar gagá, como una acelga.

Sergio no necesitaba más. Su plan cobró fuerza y determinación. Lo que al principio le parecía una locura ahora lo veía como la única solución para ayudar a Benito y ayudarse a sí mismo. Los dos siguientes días Sergio los dedicó a informarse en internet y a rastrear por el hospital para hacerse con lo que necesitaba. A esas alturas ya se movía con cierta facilidad y algunas enfermeras le ‘piropeaban’ por sus progresos motrices.

*****

Martes 13 de octubre. Un día como otro cualquiera. Desde pequeño le había tocado los huevos la superstición. “Martes ni te cases ni te embarques”, martes y 13 mala suerte, gatos negros, pasar por debajo de una escalera…, cuanta ignorancia, coño. Las horas pasaban especialmente más lentas de lo habitual, que ya era mucho decir. Pero fue después de que le llevaran la cena cuando empezó a ponerse realmente nervioso, incluso le sudaba la frente. Lo tenía todo milimétricamente preparado. Nada podía fallar.

A partir de las 11 de la noche solo había una enfermera de guardia en la sala de la UCI donde tenían a Benito. Y Sergio la conocía. Hacia allí se dirigió, como un autómata, con su plan como un estilete en su mente, no había nada más. En ese pasillo, dando pasos hacia su amigo, ya no había dudas, ni temor. El único desvío de sus pensamientos fue al pensar que la Inteligencia Artificial debe funcionar así: sin sentimientos, sin pálpitos, nada. El dispositivo de turno solo hacía lo que se le había encomendado. Llegó a la UCI y entró como si lo hiciera todos los días.

– ¿Qué tal, Carmen?
– ¿Qué haces aquí, Sergio? No puedes entrar.
– Ya lo sé, pero necesito ver a Benito. Me quiero despedir de él.
– ¿Despedir? ¿Por qué dices eso? Su pronóstico no es tan radical.
– Bueno, por si acaso. Por favor, déjame a solas con él un momento. Nunca me ha gustado que las mujeres me vean llorar.

La enfermera sonrió y se fue pensando “qué hombre tan coqueto”.

No había tiempo que perder. Entró deprisa, miró a Benito y le costó reconocerle. Estaba muy pálido y la piel descansaba sobre sus huesos con muy poca carne que se lo impidiera. Sacó de su bolsillo la jeringuilla que había conseguido sin dificultad. Una que habían usado con él el día anterior y él la había recogido de la papelera de la habitación poco después. Volvió a mirar a Benito. Le sonrío, le besó rápidamente en la frente e inyectó el aire en la vía que tenía su amigo. Como un autómata, le enchufó tres jeringuillazos de aire. Creyó notar alguna reacción en Benito pero no quiso esperar a que los equipos empezaran a pitar avisando del fallecimiento.

Sergio salió de allí con paso sereno. Sabía que había obrado bien. Benito seguro que se lo hubiera agradecido si hubiera podido.

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Se despertó sorprendentemente fresco y despejado. Con buena energía. Fue al baño, meó, se miró la cara en el espejo y no le disgustó lo que vio. Eran las ocho y cuarto. A y media le traían el desayuno. Sobre las 10 le dieron el alta y su hija estaba allí para llevárselo. Tenía su mochila preparada con sus escasos enseres y un par de libros.

Cuando avanzaba del brazo de su hija por el pasillo camino a la libertad vio a Carmen, que debía estar doblando turno, con una cara desencajada.

-Benito… — él se adelantó para abrazarla y para que no siguiera hablando.
-Era lo mejor, Carmen. Seguro que él lo hubiera querido así — le dijo con calma mientras le besaba la frente —. Gracias por todo, de corazón.

Tiró suavemente de Lucía para alcanzar el ascensor y la calle. Caminando por la acera sintió una brisa en el rostro, acercó a Lucía cogiéndola de los hombros y pensó que la vida no estaba tan mal. Esa frase la escuchó dentro de su cabeza con la voz inconfundible de Benito.

-No, no está nada mal.
-¿El qué, papá?
-Eehh…, que te vayas a Ámsterdam, mi amor.
-¿Lo dices en serio? El otro día te vi bastante mohíno con el asunto.
-Claro que lo digo en serio, hija. Pero me dejarás visitarte, ¿verdad?
-¡Siiii! —y besó la mejilla de su padre con auténtica efusividad.

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– Has estado fantástica.
-¿En serio o te estás quedando conmigo?
-En serio, Raquel. Me ha gustado especialmente eso de que no aferrarse a lo que debe ser.
-“Cuando dejamos de aferrarnos a los que creemos que debería ser, empezamos a ver lo que realmente es”. Sabiduría budista.
-Y filosofía Benita también.
-¿Cómo?
-Nada, bobadas mías. Oye pues no está nada mal esto— dijo Sergio mirando el ambiente del coctel, la gente, escuchando el zumbido de las voces de la gente, que por momentos podía resultar muy molesto.
-Quien te ha visto y quien te ve.
-¿Es el segundo premio que te dan o me he perdido algún otro?
-El segundo, sí. Sólo te perdiste el primero y no estuvo más allá.
-Pues aun así lo lamento. Es tu tercer libro y dos premios, niña, ¡olé tu coño!
-¡Sergio!
-Bueno pues ¡olé tu vagina!
-No se puede ser más bobo, de verdad.
-Anda dame un abrazo y vamos a brindar.

FIN

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