Paz, serenidad, plenitud.
Esos momentos en los que estás en calma, tranquilo, mirando una farola, un quiosco de periódicos. Sin: qué tengo que hacer, qué se me olvida, dónde tengo que ir. Nada. Tú y el mundo. En armonía. Sin necesidades. A gusto. En paz.
Atento a la mente y sus malas pasadas, vigilante, sin agobio, al ego y sus trampas, su necesidad de protagonismo miserablemente interesado.
Respira. Eso es. Otra vez. Dale. Así. Huélete los dedos. Escucha. Fluye. Agradece. Sonríe. Vive. Sin miedo. Sin expectativas. Ahora.
Aprende a perdonarte. Fantástica ligereza. Perdona a los demás también. Ellos sufren sus cárceles, como tú. ¿Más pequeñas, sucias, degradantes? ¿Y quien eres tú para juzgar? ¿Quién eres tú para presumir de cárcel espaciosa y ventilada? Cada uno hace lo que puede, no juzgues y, sobre todo, no sentencies.
Apártate, eso sí, de la gente tóxica. Contagian. Rodéate de gente buena, alegre, creativa, que suma, mejora, que son vida, esos que son abanderados de la prosperidad.
Y que no sólo sea hoy lo que puede parecer misterioso, increíble.