La virgen fumeta

El sol no le dejaba ver el sol. Tampoco es que tuviera mucho interés en mirar al sol, pero aquel ‘paseíto’ por ese secarral resultaba de lo más aburrido y cansado. Había pinchado y aunque tenía rueda de recambio no tenía gato. Se lo dejó al simpático de su cuñado hace unas semanas y no se lo había devuelto aún, claro. Se cagó en su cuñado y en toda la puta familia de su mujer. Tampoco tenía seguro para llamar a la asistencia en carretera porque no había pagado aún la póliza de ese año. “Me cago en los seguros y en su puta calavera. Nunca están cuando los necesitas” (o cuando estás al corriente de pago no los necesitas, pensó).

El caso es que le faltaban aún cinco kilómetros para llegar a la gasolinera que, según Google Maps, debería estar abierta a esa hora. Y por aquella carretera no pasaba ni Perry. A las cuatro de la tarde, en julio y en aquella comarca olvidada, lo único que había eran chicharras y calor, mucho calor. Con lo cual, lo de tratar de mirar al sol era una estupidez como tantas otras que se le ocurrieron mientras trataba de eludir el cansancio y el calorazo.

Y todo por una apuesta. Una puta apuesta. Con sus amigotes, una noche pasaditos de copas. No recordaba quién empezó con la tontería. Que hay una Iglesia en Villaesteban (Ciudad Real) en la que la imagen de la virgen tiene cara de fumada y le han puesto como un porro entre los dedos y ahí sigue. La virgen fumeta con su canuto. “Ni de coña, vaya gilipollez”, dijo Sergio. “que si coño, que ha salido en el informativo local de la tele de Castilla- La Mancha”, aseguró Alberto. “¿Estás de coña? ¿No serás tú el que va pasadito de porros?”- continuó atacando Sergio que se notó especialmente agresivo. Andrés, como siempre, con su tranquilidad y sus sentencias salomónicas, intervino: “Pues ante la duda, la más tetuda y convendría comprobarlo”. “Me apuesto lo que queráis”, seguía Alberto dale que te pego. “¿Qué me das si voy a la puta iglesia esa y le hago una foto a la virgen fumeta en la que se le vea que no sujeta ningún canuto?”. Le retó Sergio. David, sesteaba mientras con la cabeza apoyada en la pared. “¿Eh?”, despertó por un momento. “Yo no quiero más canus, gracias, me voy a ir recogiendo”. Los otros tres se miraron y pusieron cara de “ni caso, ya sabéis cómo es”. “¿Tres mil pavos nos jugamos?”. “¡Hecho!”, dijo rápidamente Sergio y le dio la mano a toda velocidad para que no se echar atrás. “Andrés, eres testigo”. “Juez y parte”, rio Alberto. “Oye”, añadió, “pero nada de Photoshop, ni pollas, que se vean bien las fotos y haz bastantes. Y tienes que ir como muy tarde este finde no vaya a ser que le quiten el porro de las manos en estos días”. “Ok, hecho”, concluyó Sergio.

Era jueves noche, bueno más bien madrugada del viernes, etílica y fumeta. Aquellos cuatro cuarentañeros quedaban todos los jueves en el mismo bareto desde hacía años, lustros en realidad. Unos jueves iban todos, otros pinchaba alguno y otros se sumaba algún otro amigo. Cena de raciones, cervezas, vinos, copas y porros. Y muchas historias compartidas, quizás demasiadas, y casi todas no eran de éxito ni glamour precisamente.

*****

Caminando hacia la anhelada gasolinera recordó chistes ad hoc. Aquel que se queda tirado en mitad de un páramo a las tres de la mañana con la rueda pinchada y sin gato como él. Desesperado y sin saber qué hacer, ve una pequeña luz en el horizonte, debe ser una casa, pensó. Y hacia allá que fue. Durante el largo y oscuro trayecto, el hombre sin gato iba pensando: joder, son más de las tres de la madrugada, voy a despertar a la gente de esa casa (si es que hay gente y si es que es una casa) y se van a mosquear bastante. Joder qué vergüenza, van a pensar que soy un ladrón o algo peor. ¿Y si no tienen gato? ¿Y si lo tienen pero no quieren dejármelo? Y así seguía el hombre caminando y cavilando cada vez augurios más negros. Cuando por fin llega el atribulado conductor a la casa de campo, toca con cierto pudor la puerta… y nada. Vuelve a tocar, silencio total. Se da cuenta de que hay un timbre y llama santiguándose mentalmente. Se oye algún ruido al otro lado de la puerta, luces que se encienden, se abre la puerta y aparece un hombre corpulento y con cara de sueño:
¿Sí? – le pregunta. Y el angustiado visitante reacciona: ¿Sabes lo que te digo? ¡Que te metas el gato por el culo!

Qué cosas. Bueno, es normal que le viniera a la cabeza ese chiste porque su situación era muy similar salvo que en vez de oscuridad hacía un sol de una potencia y una crueldad inimaginables.

Y ese otro que va conduciendo y se le sale una rueda como por arte de magia. Se baja, recupera la rueda pero no es capaz de encontrar las tuercas para apretarla. Mientras las está buscando se da cuenta de que se encuentra al lado de un manicomio y de que un individuo con semblante divertido le observa encaramado a la tapia desde dentro. ¿Quieres que te ayude?, le dice el interno. No sé cómo me vas a poder ayudar desde ahí. Muy fácil. Las ruedas tienen cuatro tuercas cada una, ¿verdad? Sí, eso justo es lo que estoy buscando, las cuatro tuercas de la rueda que se ha salido. Pues deja de buscar, quita una de cada una de las otras tres ruedas y aprietas la que se ha salido. Con tres tuercas por rueda se sujetan de sobra. El ‘accidentado’ se quedó atónito: Oye, ¿y tú qué haces ahí? Le espetó incrédulo. A ver, que estoy loco pero no soy gilipollas.

Sergio sonreía mientras recordaba esos chistes tan viejos. Volvió a secarse el sudor y pensó en las tareas que tenía por delante: llegar a la gasolinera, ‘rezar’ para que tuvieran gato o le ayudaran de alguna manera, ir al puto pueblo ese, encontrar la iglesia (algo que no sería difícil) y ver si la dichosa virgen era realmente ´porreta’.

Meditó en esto de hacer cosas, de pensar en hacer cosas. Tenía la sensación de que su vida era una carrera en la que tenía que ir haciendo cosas, solucionando problemas, en cuanto resolvía algo ya estaba pensando en lo siguiente que ‘tenía’ que hacer. No había descanso, la satisfacción de conseguir algo, de cumplir alguna obligación, incluso de hacer algo procrastinado desde hacía tiempo o de lograr algún objetivo largamente deseado apenas duraba. Esa alegría, ese “¡olé tus huevos, Sergio!” era sustituido por la siguiente pre-ocupación.

Recordó una frase de John Lennon que más o menos decía: “La vida es eso que pasa a tu lado mientras tú estás haciendo planes”. Tal cual. Caminaba por aquella carretera (¿es posible que no pase ni un puto coche por aquí?). Y reparó en que no había apreciado el horizonte, esas nubes caprichosas que coloreaban de blanco un hermoso cielo azul, un azul limpio, claro, soleado. “Soleado como su puta madre, pensó, que no hay dios que aguante este calor”. También recordó un libro de Aldous Huxley, “Island”, que describe un extraño país en el que unas cotorras no paran de cacarear: “¡Atención!, ¡Atención!”, pero no reclamando la atención de los ciudadanos para algún anuncio importante, no. Lo hacían para recordar a la gente que esté atenta, que viva el presente, el aquí y el ahora. Volvió a mirar al horizonte, volvió a extasiarse con las nubes y el cielo y ahora añadió la silueta de una suave estribación montañosa que completaba el cuadro que la Naturaleza le ponía ante los ojos. Un ‘cuadro’ que llevaba… ¿cuántos kilómetros caminado sin apreciarlo?

Por fin divisó la gasolinera. No voy a empezar a hacer suposiciones estúpidas como el del chiste, se dijo. Vamos a resolver la situación como se pueda y punto.

Y así fue. Los empleados, dos, de la gasolinera fueron sorprendentemente amables y uno de ellos le llevó en su coche con el gato, le ayudó a cambiar la rueda y aceptó los 20 euros que le tendió tras hacerse un poco, tampoco mucho, de rogar.

Back on the road! Condujo sin prisa, llegaría a Villaesteban todavía de día. Aprovechó para mirar el horizonte, no había nadie en la carretera, ni Perry ni su prima. Le resultó especialmente hermoso ese cielo, ese sol sobre La Mancha, la tierra de Don Quijote. Joder qué secarral, pensó, el Caballero de la triste figura y Sancho Panza debieron de pasar un calor de cojones en sus aventuras por la zona.

Ni se le ocurrió preguntarle a su mujer si quería acompañarle. No sonaba a finde romántico, la verdad. Es que no le apetecía que lo acompañara. Hacía tiempo que su matrimonio había caído en un sopor, en una inercia aburrida, en un pacto no escrito de no agresión que permitía a cada uno hacer más o menos lo que le daba la gana y cada vez quedaban menos espacios compartidos. Desde que los ‘niños’ se hicieron mayores, la pareja se quedó sin muchas preocupaciones comunes: médicos, exámenes, salidas, malas compañías de los ‘niños’… Muchas veces había pensado que Silvia podía tener tranquilamente un amante, o varios, y que él no se hubiera enterado. Qué jodida es la convivencia, pensó, cómo erosiona las relaciones. Conocía multitud de ejemplos.

Villaesteban, 12 kilómetros. Pues ya estamos ahí. Vamos a ver a la virgen porreta. Salió de la carretera ‘principal’, que ya era bastante secundaria, y enfiló otra que debió ser de tierra hasta hace dos elecciones autonómicas, por decir algo. Allí estaba el pueblo. Pero pueblo-pueblo. La plaza con el ayuntamiento, la iglesia, el bar y unas cuantas casas rodeándola. Así no me pierdo, pensó. Aparcó sin ningún problema y se encaminó hacia la iglesia. Cerrada. Coño, pero si son las siete de la tarde. Fue al bar, que sí estaba abierto. Viva España, ¡coño! Unos parroquianos jugando al dominó, otro atizándole a la tragaperras y poco más.

– Buenas tardes – se anunció en cuanto traspasó la puerta y las cortinas esas de canutillos de plástico que no había vuelto a ver desde su infancia. Todos se giraron hacia la novedad, el forastero.
– Buenas- dijo el ‘posadero’ con desconfiada prudencia.
– Perdone, pero ¿sabe cuándo abre la iglesia?
– Mañana domingo.
– ¡No me diga!
– ¿Y qué quiere que le diga?
– No, no, perdone, es que pensaba que habría misa hoy sábado por la tarde, o al menos que estuviera abierta.
– Pues no.
– Ya veo. ¿Me pone un botellín, por favor?
Y en ese momento se dio cuenta de que no había comido con toda la ‘aventura’ de la puta rueda pinchada.

Cenó un par de raciones que le supieron a gloria en el bar y decidió que pasaría la noche en el pueblo y completaría su misión al día siguiente tan pronto como abriera la iglesia. Preguntó al ‘posadero’ por algún hostal o pensión.

– Lo más parecido son las habitaciones que alquila la Tere. Es la casa de allí enfrente.

Y allá que fue. La Tere resultó ser una mujer entrada en los 60 y aunque no era Mrs. Simpatía tampoco era desagradable, correcta. Cando le preguntó por el equipaje Sergio le explicó que se trataba de una pernoctación inesperada y que solo sería eso, una noche. Pagó por adelantado con la satisfacción de disfrutar de los precios de ‘provincias’, echó un ojo a su habitación, que le pareció austera, limpia, más que conveniente para dormir unas cuantas horas aquella noche, y salió de la ‘pensión’ a respirar aire y disfrutar de que el sol ya se había puesto y el calor no resultaba aniquilador.

Evitó volver al bar por eludir el peligro de cogerse una triste y solitaria borrachera y optó por caminar por la ribera de un arroyo que rodeaba parte del pueblo. Se lio un canuto y volvió a disfrutar de la naturaleza. Caminó sin darse cuenta más de una hora y cuando regresó por la otra orilla del río ya era noche cerrada.

Con una extraña sensación de libertad (intencionadamente se dejó el móvil en la habitación) e impunidad, y también con la travesura que le provocaban en ocasiones los porros, decidió investigar la iglesia.

Una iglesia que resultó ser prácticamente una capilla por sus reducidas dimensiones. Se acercó a la antigua edificación, vio la puerta cerrada y dio una vuelta por todo su perímetro. Qué aburrido todo, coño. Chicharras zumbando, algún búho o algo parecido ululaba de vez en cuando y poco más. Cuando dio toda la vuelta y se paró delante de la puerta, la empujó por empujar y… ¡estaba abierta! No se lo pensó dos veces y entró en la iglesia. Cerró tras de sí y en aquel mismo instante se arrepintió de no haber cogido el móvil porque apenas veía algo. La claridad que regalaba la luna se colaba con pereza por las ventanas ojivales de los muros laterales del edificio, pero a Sergio le costaba andar sin extremar la prudencia. Tocó el último de los bancos donde se supone que los fieles escuchaban la misa, rezaban, se arrepentían de sus pecados y esas cosas y fue avanzando de banco en banco hasta la zona del altar. Allí distinguió esa especie de característicos atriles con las velas que encendían los asiduos para pedir ayuda divina vaya usted a saber para qué (buenas cosechas, una novia, que los hijos estudiaran y triunfaran en Madrid…) y bendijo llevar mechero -¿en qué otro sitio iba a ‘bendecir mejor?-.

Encendió media docena de velas, las suficientes para que su luz le permitiera ver el altar y sus alrededores. Echó un rápido vistazo y lo de lo primero que se dio cuenta es de que allí no había ni rastro de ninguna virgen. De ninguna imagen de virgen, se entiende, ni fumando un porro, ni llorando, ni con Jesusito en los brazos ni nada. Miró el resto de los muros y aunque la luz seguía siendo rácana pudo confirmar que estaban desnudos. Una pila de agua bendita en cada flanco de la pequeña y única nave que conformaba la iglesia y pare usted de contar.

– ¡Serán hijos de puta!- dijo maldiciendo repetidamente a sus amigos e insultándose a sí mismo por haberse tragado el cuento de la virgen porreta. “No se puede ser más gilipollas, de verdad”, se decía. “Me cago en sus muertos”.

Recorrió la iglesia por si acaso se le había escapado alguna virgen enana en algún rincón, pero no. Allí sólo estaba el clásico cristo crucificado en el altar. Punto. Cuando se encontraba a la altura de la salida, abrió la puerta y vio que alguien se aproximaba. “¡Hostia puta, viene para acá!”. Cerró con cuidado y se acordó de las velas encendidas. Se apresuró a apagarlas y cuando había soplado la última oyó la puerta abrirse. Se medio escondió como pudo pegado al único confesionario que había y contuvo la respiración. Quien fuera se movía con seguridad por el pasillo central que dividía las hileras de los bancos. Cuando pasó a la altura de una de las ventanas, la claridad permitió ver a Sergio, muy fugazmente, que se trataba de un cura. Le vio con sotana, las faldas, sí debía ser el cura del pueblo. ¿Pero qué coño hacía en la iglesia de madrugada? ¿Y por qué caminaba por el templo a oscuras, como un ladrón, “como yo”? Se preguntó Sergio.

El misterioso sacerdote se paró cerca del altar y Sergio oyó su respiración, parecía como si olfateara algo. “¡Hostias, el humo de las velas!”, pero parece que el cura tenía otras prioridades y se dirigió a la sacristía. Ahí sí que encendió la luz y cerró la puerta, pero no del todo.

La curiosidad mató al gato, se dijo Sergio, pero no soy un gato. Y fue a ver en qué andaba ese cura tan sospechoso. Se acercó sigilosamente a la puerta de la sacristía y miró a través de la puerta entreabierta. ¡¡Jooooder!! El hombre de la iglesia había sacado de no se sabía dónde un bloque de hachís que debía pesar 15 o 20 kilos y estaba guardando en una mochila como unas pastillas de la misma droga que en el mercado, negro, por supuesto, valían una pequeña fortuna.

El sacerdote cerró la mochila y no sin esfuerzo colocó el cubo principal de hachís cubierto por una especie de manta en la parte de abajo del armario de la sacristía.

A Sergio apenas le dio tiempo a reaccionar y ocultarse en una esquina antes de que el cura-camello saliera con cierta precipitación del habitáculo y emprendiera el camino de salida de la capilla igual que lo hizo al entrar, a oscuras.  Lo ‘mejor’ de todo fue cuando Sergio escuchó cómo el pastor echaba la llave de la única puerta de la iglesia.

“¡Me cago en sus muertos!”, susurró para sí mientras pensaba a toda velocidad cómo coño iba a salir de allí. Era la 1:30 de la noche, estaba encerrado en una capilla de un pueblo de mierda y no tenía ni puta idea de cómo ‘escapar’. Se sentó en uno de los bancos y empezó a respirar profundamente como había aprendido en un curso de meditación que había hecho hacía poco en el trabajo. La respiración fue haciendo su efecto y la preocupación de cómo salir de la puta narcoiglesia se unió el reciente recuerdo del ‘alijo’ de droga que estaba allí mismo. Miró hacia una de las dos ventanas y pensó que podría alcanzarla si se subía aun banco…, quizás podría poner una silla (habría en la sacristía) sobre el banco y así seguro que llegaba. Claro que había que romper la vidriera de la ventana sí o sí.

Siguió un rato ‘meditando’ en ese banco, a oscuras y en silencio y tras lo que pudieron ser cinco minutos o media hora (solía perder la noción del tiempo cuando entraba en esos ‘trances’), se levantó como un resorte, fue a la sacristía cogió la silla y ejecutó el plan. Cuando estaba encaramado a la silla pensando con qué rompería la vidriera de la ventana, se bajó, fue como un rayo a la sacristía, se hizo con el bloque de droga envuelto más que de sobra en la manta, lo acomodó como si de una onda gigante se tratara y le pegó un viaje contra la ventana que provocó un estruendo de tres pares de cojones, pero logró su objetivo: destrozar la vidriera decorada con un gusto más que dudoso.

El profanador de iglesias se quedó quieto tras el estruendo como a la espera de oír sirenas o vaya usted a saber. Pero no. Volvió a respirar, se subió a la silla cargado con la ‘onda’ como buenamente pudo y la lanzó a través del ventanal. A continuación era su turno. Se aupó hasta la ventana, no sin dificultades y algún raspón (cómo echaba de menos su agilidad y fuerza de no hace tantos años). Y cuando vio lo que había al otro lado no es que se alegrara precisamente. La altura de la ventana al suelo del exterior era mayor que la de dentro, y además no tenía ni banco, ni silla, claro. Alcanzó a ver una especie de seto más o menos en la trayectoria lógica que debería seguir al caer y no se lo pensó dos veces: para allá que se tiró.

– “Su puta madre, ¡qué costalada!” – dijo en voz no muy baja sin preocuparse mucho de que le oyeran porque allí no estaba ni Perry y ese pueblo estaba más muerto que vivo.

 Comprobó que no se había roto nada aunque un brazo y las piernas se quejaban dolorosamente del impacto de la caída. Se levantó como pudo, se sacudió el polvo y las mierdas de aquel campo seco, cogió el fardo con el chocolate y se dirigió con manifiesta parsimonia a su coche. Sentía que todo se la sudaba bastante. Sus amigos eran unos hijos de puta, el cura de aquel pueblucho un narco y quería volver a su casa cuanto antes. Pensó si se dejaba algo en aquella especie de pensión de la Tere. Además le había pagado por adelantado a aquella extraña señora. Pues que les den por el culo a todos, este de aquí se pira pero ya. Y dicho hecho. Metió la droga en el maletero, se subió al coche y puso dirección a su casa.

Conduciendo en medio de la calurosa noche manchega, cruzándose con escasísimos vehículos, pensó lo colgado que estaba, las gilipolleces que se le ocurrían hacer y después de volver a cagarse en sus amigos, reflexionó un poco y se dio cuenta de que era una suerte tenerles. Esas bromas, esas paridas, esa lealtad de decenios…

Ahora, eso sí, estos iban a fumar de su costo pero no gratis. Ya se le ocurriría algo para devolverles la bromita de la virgen fumeta de los cojones.

Deja un comentario