El arte de estorbar

Esta entrada se iba a titular: “El arte de no estorbar”, pero decididamente es lo contrario, estorbar, lo claramente artístico.

No tenemos datos de campo de otros países pero en España son casi milagrosas las numerosas  escenas de estorbo. Y si no, ¿cómo es posible que tres personas charlando tranquilamente sean capaces de bloquear una acera de una anchura más que considerable y no sean conscientes de lo que molestan hasta que el transeúnte con el carrito del bebé, la silla de ruedas con suegra incorporada o el sufrido amo de casa con el carrito de la compra trate de perforar semejante muro humano caprichosamente móvil?

Y qué me dicen de esa cola en la ventanilla de cualquier banco, administración variada o despacho de loterías, cuando el estorbador de turno, que sabe que le van a pedir el DNI o el documento o resguardo de la suerte que corresponda, lejos de llevarlo a mano, preparado, cuando llega su turno y se lo solicitan, con parsimonia comienza a buscarlo? La cosa se pone especialmente emocionante si se trata de una estorbadora (perdón por el machismo gratuito), que tiene que buscarlo en el compartimento de un billetero que se encuentra a la vez en un recóndito compartimento de su inmenso e insondable bolso de mano. 

No sin dificultad aparece el documento solicitado, el funcionario-empleado-el de la ventanilla hace su trabajo con mayor o menor eficiencia y cuando uno cree que ya le toca y la reina de los bolsos mastodónticos da las gracias y se despide, incluso se mueve apartándose de la ventanilla, repentinamente vuelve para preguntar una gilipollez nivel diosa. El arte de estorbar se convierte en virtuosismo cuando la señora-bolso repite la operación: “Muchas gracias…, entonces ¿no hace falta que vuelva si…?” “¿Y si..?” Y dale que te pego.

Otra situación a la que los conductores estarán desagradablemente acostumbrados, y los motoristas especialmente, es cuando el vehículo de delante está parado esperando que otro aparque. Hasta ahí normal. La cosa se pone artística cuando el que espera parece contratado por la Asociación Internacional de Aparcamientos Urbanos de Elite como examinador riguroso y aunque haya hueco de sobra para pasar, el examinador tiene que esperar a que el aparcamiento se haya completado para valorar la calidad del mismo.

Los ejemplos son numerosos pero bastan los tres expuestos para ofrecer el perfil del estorbador medio e incluso algunos brochazos del estorbador virtuoso cuyo sueño es convertirse en el estorbador genial.

Lo contrario del estorbador es el facilitador. Una especie en peligro de extinción cuyo principal e imperdonable vicio es, como su nombre indica, facilitar: en una acera estrecha un facilitador va caminando, escucha pasos rápidos detrás y se aparta para que el viandante con prisa progrese. 

En la consulta del médico de cabecera el facilitador va a recoger el resultado de una analítica, está todo ok, se la entrega la doctora, le desea feliz año y abandona la consulta dejando paso al siguiente paciente que le mira maravillado. El de la analítica podría haber preguntado a la doctora por una tos matutina que algunos miércoles de ceniza le sorprende, o por esos pedos que le aveguenzan cuando ve películas de suspense, incluso podría haberle mostrado a la galena la calvicie incipiente que le atormenta y preguntar por posibles operaciones en Turquía, pero no. El iba a recoger los resultados de sus análisis para llevarlos al especialista correspondiente y eso hizo.

Y qué me dicen de esa deportiva adolescente que yendo en el bus parece que tiene un sexto sentido para moverse y apartarse cuando el autobús se acerca a una parada. Algo insólito cuando lo normal es que la gente tenga que abrirse paso prácticamente a codazos para poder bajarse cuando le toca.

El facilitador debería ser una especie protegida. Su aportación a la sociedad es incalculable, muy valiosa y sus usos y maneras deberían enseñarse en las escuelas.

Por el contrario los futuros estorbadores tienen la escuela en la calle, en las consultas médicas, en los bancos (con cita previa eso sí), en los mercados, en todas partes.

Quizás para otra ocasión convenga investigar si el estorbador nace o se hace. Dejemos tan solo un apunte: el estorbador genial es una mezcla de talento natural y mucha práctica.

Hasta la próxima…, 

… pero y si no me leen, ¿a quien puedo reclamar? Ah gracias ¿y si no me hacen caso?

¡Señora! ¡Que deje pasar al siguiente, haga el favor!

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