La abuela le dejó como todos los días en el parvulario. Aunque no todos los días eran iguales. Sí, había que ir al cole (de los peques), pero no siempre era lo mismo. Había mañanas que no quería ir y montaba unos pollos en casa y de camino a clase que la abuela y, en ocasiones, su madre no sabían del todo manejar. A veces, la compra de un pequeño juguete o una golosina bastaban para ‘convencerlo’, pero menudo era Sergito cuando se ponía así. Otras mañanas su docilidad sorprendía a sus mayores y desayunaba, se arreglaba y caminaba a la escuela con buen ánimo y aprovechaba para preguntar de todo a su abuela: por qué se casa la gente, cuando podría conducir un coche, que había que hacer para ser maestro, cuándo iban a tener un perro y cosas así.
A ver, que tener cuatro años tampoco es fácil, Todo el mundo te manda y decide por ti. El caso es que ese día Sergito estaba de buen humor, con energía, optimismo, subió corriendo las escaleras de la escuela aunque no era tarde, y entró en su aula donde ya habían llegado algunos compañeros (nada de niñas), se sentó en la mesa rectangular que compartía con otros cinco niños y comenzó a sacar su cuaderno, su plumier y el libro de religión. El timbre sonó anunciando el inicio de las clases y el aula completó su aforo en cuestión de un par de minutos. La maestra saludó a su audiencia y comenzó la clase de religión.
«Abrid el libro por el segundo capítulo, chicos». Y eso es lo que hizo Sergito con cierta urgencia para ‘ganar’ a su compañero de la izquierda y situarse primero en esa parte del libro. Las páginas tenían numerosos dibujos e imágenes religiosas y uno de ellos le llamó la atención. Era un dibujo de Jesucristo, en blanco y negro, con barba y melena. El niño, le dijo a su vecino en voz baja: «Mira, parece un hippy«, «¡¡Hala lo que ha dichooo, ha insultado a Dios!!»- replicó el vecino a quien le faltó tiempo para correr la voz entre el resto de compañeros de mesa del «pecado» que había salido por la boca de Sergio. Porque eso le dijeron: «¡Eso es pecado!». Todos le miraban con semblantes reprobatorios y escandalizados.
Sergito entendió de golpe, y sin conocerla, la expresión «Trágame tierra». Qué vergüenza, le ardían las mejillas, quería huir, salir de allí como fuera, pero sabía que no podía. Sólo esperaba que el ‘escándalo’ no llegara a oídos de la maestra. Y afortunadamente así fue, la profesora no se enteró.
Pero es que Jesús parecía un hippy, de manual. Incluso la corona de espinas se asemejaba a las coronas de flores que llevaban muchos hippies. Con cuatro años enfrentarse al rechazo de tu mundo, un mundo pequeño compuesto por la familia y el parvulario, no es fácil. Sentirse un asesino, un violador, un corrupto, un traidor, un delincuente por un delito que no es tal, a cualquier edad es muy angustioso, y extremadamente complicado de asimilar.
Los siguientes días, ni avioncitos plásticos, ni golosinas, ni promesas de que pronto conduciría un coche de verdad lograron que ni la abuela ni la madre domeñaran sus pataletas y solo a rastras lograron llevarle al parvulario.