Continuamente buscamos en el exterior la felicidad o, sin ser tan ambiciosos, lo que creemos que nos va a hacernos sentir bien, alcanzar cierto grado de bienestar, el wellbeing anglosajón: un mejor trabajo (o uno a secas), una pareja, unas vacaciones, una casa nueva… Nos esforzamos por cambiar ‘nuestro exterior’ para encontrarnos bien en el interior.
Y claro, ese potencial bienestar está sujeto a unos vaivenes, a una volatilidad, de cojones. Al jefe no le sale de los huevos promocionarnos, las parejas van y vienen (o ni van ni vienen), el mercado inmobiliario está imposible, olvídate de las Scheylles que no nos da ni para Torrevieja, etc., etc. Con lo cual, dependemos de unas cuantas variables, por no decir de muchas (fíjate tú, quién contaba con el Covid-19…) para alcanzar el ansiado bienestar.
Y como en tantas otras cosas, el asunto está mal planteado en origen*, o como dicen los castizos: “Niego la mayor”. El auténtico wellbeing nace en el interior. La verdadera, y natural, meta es esforzarse por lograr el equilibrio interno, estar en paz con uno mismo. Ser capaz de construir un ‘yo’ que sea lo suficientemente seguro, tolerante y compasivo como para elaborar filtros que adecúen el exterior a nuestros intereses (=felicidad). Es muy cierto lo de que “La vida no es como es, sino como tú la ves”.
Si el jefe trata de humillarnos por un trabajo malhecho, lo primero que hay que tener en cuenta es que lo que es una puta mierda, en su opinión, es el trabajo, no nosotros. Cuidado con las identificaciones fáciles. Luego habría que ver qué coño le pasa al jefe para que nos trate así. Dos personas distintas que reciben el mismo mensaje: “¡Este informe tuyo es una basura!” lo procesan de diferente manera, aunque el jefe y el informe sean exactamente iguales. El inseguro y acomplejado recibirá la bronca como el apocalipsis personal (“soy un mierda, está claro, me van a despedir a las primeras de cambio”), mientras que el seguro de sí mismo y con amplitud de miras no se lo tomará como una tragedia (“la verdad es que el informito de los huevos lo hice cagando leches para salir del paso y tampoco ayuda que el jefe se esté divorciando, qué malas pulgas tiene el cabrón”).
Esa posible situación tan cotidiana se puede extrapolar casi a cualquier escenario. Cuando por primera vez oí eso de que “Se puede ser libre dentro de una celda” me quedé anonadado. Tardé en procesar la frase. ¿Libertad sin libertad? Pues sí, se puede. Que se lo pregunten a Nelson Mandela. 29 años encarcelado en un habitáculo en el que apenas cabía el camastro y cuando cumplió su condena y fue elegido presidente del país tendió la mano a sus carceleros. Tócate los cojones.
Y al revés, se puede ser un esclavo en un yate de 100 metros de eslora. Esclavo de las apariencias, del teléfono, de conseguir más poder, riquezas…
Con lo cual, lo más inteligente es trabajar el interior para ser capaces de elaborar esos filtros divinos que nos ‘endulcen’ lo que proviene del exterior. Muy fácil decirlo pero ¿cómo se come eso? Lo primero con paciencia y asumiendo, dando por buenos los postulados anteriores. Si seguimos creyendo que un Euromillón nos soluciona la vida (nos hace realmente felices) mejor no seguir leyendo.
Una vez que estamos de acuerdo con que el bienestar procede de cómo se siente uno, casi independientemente de las circunstancias exteriores (Mandela) y lo creemos profundamente, la única herramienta que yo conozco que ayuda a entrenar a uno mismo en esa dirección es la meditación. El entrenamiento de la mente. Y lo mismo que prepararse para unas olimpiadas o perder mucho peso no se logra de la noche a la mañana. Pero se logra.
Lo mejor de todo esto es que cuando uno va recolocando su interior, el exterior, como por arte de magia, también se posiciona a favor de sus intereses. Increíble pero cierto.
La tendencia a quedarse pillado con lo de fuera tiene unos imanes potentísimos. Todos los mensajes de la sociedad para allá que van. Los anuncios, los cuerpos danones, el consumo, las playas paradisíacas, los famosos, el éxito, la fama, el poder… son los becerros de oro de la sociedad actual. Y no es fácil sacudírselos de encima. Pero se puede.
Mucho ánimo, fuerza, paciencia, tolerancia, inteligencia emocional y compasión. ¡Claro que se puede!
*Ejemplo: somos una micromota de polvo en el universo, por qué nos preocupamos por las pequeñeces cotidianas si el universo es inmenso, nuestros problemas son basurilla cósmica. Oiga filósofo de la Vía Lactea, que mi vida y mis problemas no los pongo en un contexto universal. Ya sé que si no puedo pagar la hipoteca no voy a provocar un agujero negro en Orión, pero si por la falta de pasta me tengo que ir debajo del puente con mujer y cuatro churumbeles, la salud de Orión me la va a pelar bastante.