- Que te digo que no.
- Bueno Baltasar, para gustos los colores.
- No se trata de elecciones, son… maldiciones— dijo pateando una lata tirada en mitad de la calle—. Hay quien nace con estrella y otros, estrellados.
- Y tú te empeñas en estrellarte.
- No coño, mira lo de la lotería. ¿Es o no es mala suerte?
- A ver…
- No veas nada, por un puto número no cogí el Gordo.
- Pero algo cogiste, ¿no?
- Sí, 120 euros de mierda que debían haber sido 400.000.
- Dime una cosa: si antes del sorteo te dicen que por los 20 euros de tu décimo te van a tocar 120, ¿qué dirías?
- Déjalo, de verdad, que me pongo de muy mala hostia.
- Vaaale, como quieras.
Siempre era igual. Con el paso de los años Baltasar se volvía más cerrado, más negativo, echaba pestes de todo. Y solo tenía 18. Félix lo quería y… lo sufría. Eran amigos desde pequeños y la fidelidad de su amistad estaba a prueba de todo. Baltasar había defendido a Félix cuando los abusones se metían con él en el colegio. Balta, como le llamaban los compañeros, era un año mayor que Félix y siempre lo trataba como a un hermano menor. De pequeño Félix lo idolatraba por esa fortaleza física y personal, por su seguridad y su sentido de la justicia.
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- ¡Déjame a mí, Balta!
- Bueno, pero ten cuidado, ¿eh?
- ¡Siiii! ¡Vamos a quemar el campamento y matar a todos los indios! — y cogiendo otro palillo lo encendió para tirarlo dentro de la caja de zapatos donde lo pobres sioux trataban de defenderse—Rostro pálidos ser muy malos — y aullaba palmeteando suavemente la mano en su boca— ¡Jajajajaja! — reía feliz Felisín.
Un rato después, Baltasar tuvo que marcharse a almorzar porque su madre lo había llamado ya varias veces a través del hueco que comunicaba las terrazas de los vecinos en el destartalado edificio que compartían con media docena más de familias.
- Feli, recoge tú todo. Después de comer vuelvo.
- ¡Vale!
A sus seis años, Felisín era bastante alocado e iba de un estímulo a otro. Cogió la caja de zapatos con unos cuantos palillos chamuscados dentro y la tiró a la basura sin contemplaciones. Los indios no tenían ninguna opción de sobrevivir. Se dirigió a su cuarto a jugar a la Play hasta la hora de comer.
Cuando tan sólo se había pasado dos pantallas, escuchó un grito aterrador. Era su madre. Salió al pasillo y también vio a su padre que, corriendo, entró en la cocina.
- ¡¡¿¿¿Y este fuego??!! ¡Coge el cubo de fregar y llénalo de agua!—Le dijo a su mujer.
Ni la casa ni la familia de Feli se convirtieron en el campamento indio chamuscado, pero el niño conocía a su padre y sus castigos.
Y una vez más Baltasar salió en su ayuda. Se echó él la culpa, dijo que tiró la caja a la basura sin cerciorarse que había palillos aún encendidos y la sangre no llegó al río. Pero la devoción de Félix por su amigo quedó así definitivamente sellada.
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Ahora esa amistad era un pálido reflejo de lo que fue. A Félix cada vez le costaba más soportar a su amigo. Todo eran quejas, injusticias y “qué se habrán creído”. Marisa, su novia desde los 13 años, le había dejado recientemente.
- Dice que pensamos distinto, no te jode. Si pensáramos igual sería un coñazo, ¿no?
- No sé, también llevabais mucho tiempo, es normal cambiar.
- Sí, cambiar de novio, seguro que se enrolla con un pijo con un buen coche.
- Y qué más te da a ti. Tú a lo tuyo.
- ¿Y qué es lo mío? Mierda para dar y tomar.
- Venga Balta, déjalo ya. Vente esta noche a la fiesta de Martín, dicen que va a estar muy bien.
- Para fiestas estoy yo.
- ¡Pues por eso! Vas un rato, te entretienes y no piensas en Marisa.
Por más que insistió, Félix no consiguió convencerle. Trató de animarlo, de hacerle ver que tampoco estaban tan mal las cosas…
- Cómo saques lo del vaso medio lleno te lo estampo en la cabeza.
- Buenoooo. Venga, ¿seguro que no quieres venir? Va, hazlo por mí Balta…
- Y ahora con chantaje emocional incluido.
Félix no insistió más. Ya eran las diez de la noche y se despidió de su amigo en el portal con su choque de manos especial.
Nunca más volvió a verle.