El curso de 4º de EGB comenzó con las novedades habituales de cambio de clase, nuevos y más complicados libros (y con ese delicioso olor a papelería), nuevo profesor y algunas, pero muy pocas, caras nuevas entre los compañeros. Normalmente la composición de las clases apenas cambiaba de 1º a 8º de EGB. Entre las dos o tres incorporaciones de este curso destacaba Roberto Cotet, y no precisamente por su brillantez académica: era repetidor por méritos propios.
Cotet era un chulo en toda regla. Bravucón, pendenciero, abusaba con frecuencia de los más débiles y se jactaba de practicar judo y ser cinturón marrón.
Pasaban los meses y los abusos del repetidor eran cada vez más llamativos. Golpeaba al empollón de la clase si no le hacía sus deberes, robaba y se comía la merienda de quien elegía y se puede decir que sembró de cierto temor a toda la clase.
Sergio tenía claro que aquello no se podía tolerar, pero tampoco se trataba de quejarse al profesor, don Eusebio Anglona, una momia viviente que vestía traje con chaleco y corbata y que más parecía un personaje sacado de una adaptación televisiva de una novela de Pérez Galdós que un profesor de aquella actualidad.
Sin pensarlo demasiado, Sergio habló con algunos compañeros y les dijo que algo había que hacer con Cotet. Lo mejor era estar unidos contra él. De uno en uno, el repetidor podía ser el más fuerte (y el más cruel), pero contra todos no podría. Y ahí se quedó la cosa, en el enunciado, porque lo cierto es que no se tomó ninguna decisión de acción al respecto.
Un par de días después, antes de salir al recreo, Cotet se acercó a Sergio y le dijo:
– Urtasun, parece que hay dudas de quién es el más fuerte de la clase, si tú o yo.
– ¿Ah sí? Pues quédate tú con el título, no hay problema.
– No, no, estoy hay que comprobarlo. Hay que ver quién es más fuerte de los dos
– Anda déjame en paz – y Sergio salió de clase casi encogido de miedo.
Al día siguiente, Roberto Cotet volvió a las andadas y le dijo a Sergio que tendrían que pelear para ver quién era el más fuerte de la clase. Éste hizo como que no le escuchaba y siguió hacia su pupitre. Pero estaba cagado de miedo. Y el caso es que no entendía ese miedo. Desde pequeño se había peleado con su hermano Ángel, que era dos años mayor que él, y más fuerte, y también con amigos de Ángel. Pero aquello era distinto. El miedo lo embargaba, lo anulaba, lo paralizaba y no podía pensar nada que no fuera huir, eludir la pelea como fuera.
Desde aquel día Cotet se dedicaba a aparecer en los momentos más insospechados para retar a Sergito. Lo habitual es que pasar por su lado y le diera una patadita de medio lado, “¡Urtasuuun!”, y se fuera. En una ocasión, mientras Sergio hacía cola para entrar en clase, se repitió la jugada: “¡Urtasuuun!” pero Sergio reaccionó con reflejos, le cogió la pierna y Cotet acabó en el suelo a punto de darse en la cabeza con un radiador. Sergio lo miró en el suelo y la satisfacción de darle su merecido inmediatamente desapareció por el temor a su respuesta. Pero no pasó nada, Roberto se rio con su risita estúpida, se levantó y desapareció.
La cosa se complicó cuando Cotet le retó formalmente un viernes emplazándole para el lunes al salir de clase, a la una, en el patio de columnas. Joder.
Sergio no pensaba en otra cosa. Se lo dijo a Ángel, al que algo ya le había contado del hostigamiento de Cotet, pero en esta ocasión su hermano debió de notar su semblante de preocupación, de miedo.
– Pues vas el lunes y se acaba la historia, Sergio. Yo estaré en el patio de columnas atento y si hace falta me meto, no te preocupes- otra cosa no, pero preocuparse y cagarse de miedo era lo único que ocupaba la mente y el cuerpo del chaval.
Aquel fin de semana fue infernal. No quería que llegara el lunes de ninguna manera. No hacía más que pensar en el ‘duelo’, pero en realidad no valoraba qué es lo que podría pasar. ¿Qué pasaba si se pegaban y perdía? Ese tipo de preguntas le habría ayudado. La verdad es que no atinaba a pensar nada con claridad, el miedo todo lo inundaba. También se lo dijo a sus padres, que la verdad es que no le hicieron demasiado caso. Su padre le dijo que ya vería cómo en poco tiempo se habría olvidado de todo aquello. Y desde luego que su papá se habría muerto de hambre como adivino porque aquel desafío siempre estuvo en el recuerdo de Sergio, siempre.
Y llegó el Día D. Las clases de la mañana de ese lunes pasaron muy rápidas para el chaval y no se enteró de nada de lo que decía don Eusebio con su bella y cuidada caligrafía en la pizarra. Decían del vetusto profesor que en una ocasión le vieron cómo, al pelar una naranja de pie al lado de la papelera, y morder el primer gajo, dentadura postiza y gajo emprendieron un vuelo sin motor hacia la papelera. Desde luego que el Sr. Anglona tenía la castañuela completa, todos los dientes eran postizos y se le notaba al hablar, pero nunca quedó claro si el episodio de la naranja fue real o una leyenda colegial. Esa clase de pensamientos era el único descanso que encontraba Sergio a su tormento.
¡Riiiiiiing, riiiiiing! Sonó el timbre anunciando el fin de las clases de la mañana. Sergio sintió como si fuera la llamada al patíbulo. De alguna manera se sentía aliviado porque no tenía que esperar más, no más miedo, el fin estaba cerca y hacia él se dirigía con una determinación un tanto suicida.
Llegó al lugar acordado. Nada. Vio a su hermano apostado en la esquina más lejana del patio de columnas, pero de Cotet, ni rastro. Acabó de vaciarse el patio con los últimos alumnos rezagados que salían de las clases y Sergito seguía con la mirada clavada en esa puerta de salida esperando, casi deseando con masoquismo que apareciera su verdugo. Pero no. Esperó hasta la una y cuarto y nada. Ángel fue a su lado, “igual él está más acojonado que tú, anda vámonos a casa”.
Sergio estaba decepcionado, sí, decepcionado. ¿Tanto esperar, tanto miedo para esto?
Por fin tuvo una tarde ‘normal’, sin la espada de Damocles de la pelea con Cotet pendiendo sobre su espíritu, sobre… ¡su hombría!
Al día siguiente, Sergio estaba jugando al fútbol en el recreo con los de clase, bueno con los de clase y con los de otras 10 o 15 clases, ya que en aquel campo de fútbol se jugaban seis o siete partidos a la vez con el consiguiente lío de balones (muchos además eran iguales) y de jugadas. Había porteros que paraban disparos que no eran de su partido y las broncas eran frecuentes. El caso es que nuestro pequeño héroe estaba esperando a ver si le veían y le pasaban el balón cuando el que pasó fue Roberto Cotet: ¡Urtasuuun!- y su ya tradicional patadita lateral. Sergio pareció enloquecer; se fue hacia el agresor como una fiera, lo agarró, ambos cayeron al suelo mientras forcejeaban y cuando Sergio llevaba las de perder, porque estaba debajo de Roberto que le trataba de inmovilizar con una llave de judo, oyeron voces:
– Bueno, bueeeno, ¡ya está bien! – dos mayores (así se llamaban en el colegio a los alumnos de los cursos superiores), los separaron y ahí terminó el conflicto. A Sergio nunca se le olvidaría que mientras estaba rabioso zarandeando, pataleando y tratando de quitarse de encima a Cotet, le llegó un intenso olor a chorizo al tiempo que escuchaba las voces de los mayores. Y es que uno de ellos estaba engullendo un bocata de chorizo y los efluvios del embutido provocaron que toda la situación resultara aún más kafkiana para Sergio.
Y a partir de ese momento, todo cambió. Nuestro protagonista nunca entendió por qué Cotet se transformó y se quiso convertir en su mejor amigo. Lo adulaba y todo lo que decía Sergio encontraba respaldo en Cotet. Nunca más se habló ni se quiso saber quién era por fin el más fuerte de la clase, y los abusos de Roberto se moderaron y en general su comportamiento mejoró, no así su rendimiento escolar, que siguió siendo un desastre.
Sergio aprendió varias cosas de aquel episodio que para él resultó tan traumático: además de que su padre no servía para predecir el futuro, el chaval se cuidó muy mucho a partir de entonces de tratar de organizar a los compañeros, en el colegio, el instituto, en el trabajo, el deporte, en todas partes, para unirse contra una amenaza común. Estaba claro que cuando él trató de solucionar los problemas que causaba Cotet intentando hacer piña en la clase, alguien le fue con el cuento a Cotet y a éste se le ocurrió enfrentarse a Sergio con la milonga de a ver quién era el más fuerte de los dos. Pero la enseñanza más valiosa que atesoró el chaval es que en casos como este o parecidos, lo mejor, lo óptimo, es enfrentarse a los miedos. De lo contrario, esos miedos pueden acabar con uno.
Tiempo después Sergio se enteró de que Roberto Cotet se había suicidado, con 16 años, tirándose por la terraza de su casa, de casa de sus padres, claro, un sexto piso. Nunca supo si aquello fue cierto u otra leyenda escolar desafortunadamente muchísimo menos jocosa que la de la naranja y la dentadura postiza del profesor Anglona.
Pero Roberto Cotet nunca murió en el interior de Sergio Urtasun, nunca. Incluso a veces lo veía sonreír travieso de una forma muy vívida en su imaginación.