Otra mañana de sábado con resacón en Las Vegas, y más caliente que el palo de un churrero. Joder, qué ganas de follar, madre mía. Veintipocos años y con calentura resacosa hacía presagiar un día complicado.
Mientras desayunaba y bebía agua en abundancia con un par de aspirinas, notaba su paquete más que intranquilo desafiante, y fue entonces cuando tomó una decisión. “Bajo a Karim (el perro) y subo a ver a las putas del barrio y que me hagan un apaño”- pensó. Dicho y hecho. Acabó el café, fue al baño, se duchó meticulosamente y cogió la cadena de Karin que al oírla se puso como loco. Sergio no solía sacarle tan pronto los sábados, y eso que ya eran las 10.
Según lo planeado, el veinteañero salido-resacoso se encaminó al edifico donde las profesionales del amor trabajaban. A escasa manzana y media de su casa. Ató a Karim a un árbol cerca del portal de las lumis. El perro se le quedó mirando con cara de no entender nada y Sergio subió más preocupado por su entrepierna que por su viejo y noble amigo de cuatro patas.
Llamó a la puerta que conocía de sobra y le abrió la ‘madame’ vieja y desagradable que también conocía de sobra.
– Hola, ¿está Gloria?
– No, no está, pero pasa y espérala si quieres. (Qué educada es la vieja esta, ni saluda ni nada– pensó Sergio).
– Vale.
Y se sentó en el salón de ese apartamento setentero en el que tantas veces había acudido a desahogarse con Gloria y con alguna otra.
Mientras esperaba, la vieja hacía las tareas de la casa. Recogía cosas, barría…
– No creo que tarden – dijo mientras con la escoba llenaba el recogedor de unas pelusas bastante asquerosas.
Al rato volvió a la carga la vieja con ese ‘encantador desparpajo’ que la caracterizaba:
– ¿Tú has estado conmigo? (¡Coño! Seguro que me acordaría- pensó el muchacho)
– No…
– Pues si quieres…, no sé por qué tardan tanto estas y te lo vas a pasar bien, ya verás.
Tampoco necesitó muchos más argumentos. Se dirigió tras ella a una de las habitaciones y a partir de ahí fue todo como un sueño, un mal sueño.
Sergio recuerda a la mujer, fea, de cuerpo desagradable, fláccido, tetas grandes y colgantes (al menos la vieja, de no menos de 60 y muchos años y deteriorada, no estaba sucia como la casa), montándole y anunciándole:
– ¡El próximo día te chupo el culo!
El joven no sabía si tomárselo como un halago o como una siniestra amenaza.
En esa nebulosa casi macabro-sexual en la que vivó ese polvo (por llamarlo de alguna manera), se debió correr. NY llegó a esa conclusión no por el gusto que experimentó sino porque las veces que había ido de putas y no había terminado (por ir muy borracho normalmente) siempre se acordaba por el dolor que le causaba la ‘inversión’ fallida. Y en aquella ocasión no tuvo ningún mal sabor de boca pecuniario. Así que debió terminar y marcharse a toda prisa entre otras cosas para rescatar a Karim, al que encontró más que desasosegado atado al árbol.
Lo peor de aquel polvo de emergencia (salvad al putero Ryan/Sergio) es que nuestro héroe se encontró en multitud de ocasiones con la vieja puta por el barrio. Y teniendo en cuenta que Sergio vivió en el barrio décadas, cada vez que la veía, precisamente paseando un pero pequeño y repugnante, la encontraba más decrépita, más desdentada, con el pelo más desaliñado, más asquerosa y desvencijada si cabe.
Y pasaba el tiempo y seguí viéndola paseando perros (Sergio no se fijaba si eran los mismos) y le sorprendía que todavía estuviera viva. “¿Qué edad puede tener ya la puta vieja? ¿90? Joder, si yo me la follé con casi 70…, sí, por lo menos ahora tendrá 90, madre mía”- echaba cuentas Sergio con cierta desazón.
Pasaron los meses, incluso los años, desde la última vez que la vio y un día le pareció verla. Al principio sentía curiosidad, curiosidad morbosa, sucia, por comprobar si una anciana cheposa que veía de espaldas sería ella. Y no, no lo era.
Y llegó un momento en el que se descubrió a sí mismo ‘buscando’ a la vieja puta por el barrio. No podía haber muerto, no podía haberse ido a otro barrio, “Ni a otro, ni al otro barrio”- pensaba con triste sarcasmo. ¡Resulta que echaba de menos a la puta vieja! No lo podía creer, pero era lo que sentía. Ni mucho menos pensaba en volver a acostarse con ella, pero cada vez que la veía conectaba con esa parte suya íntima oscura, putera, asquerosa, revivía ese ambiente repugnante en el que había sido capaz de tener un orgasmo, y perder a la vieja era como perder esa parte de él.
Para la mayoría de la gente hubiera supuesto un alivio, pero él lo vivía como una cierta amputación.