La resaca era notable: dolor de cabeza, empanada mental, sed…, desayunó con apetito eso sí y se tiró en su cuarto a hacer nada. En un momento indeterminado de la mañana decidió que podía ir a cortarse el pelo, ya tocaba. Sin prisa, con cierta sensación de asco vital y malestar físico general se puso unos vaqueros, una camiseta, los mocasines y salió a la calle.
Fue, como casi siempre, a la peluquería de un marroquí largamente asentado en España y del que no tenía clara su orientación sexual. Para Sergio el moro era maricón o bisexual pero estaba seguro que vicio tenía hasta para exportar. Pero esa mañana el veinteañero resacoso no pensaba en nada de eso, ‘rezaba’ por que no hubiera cola en la peluquería y sus oraciones fueron fructuosas, apenas tuvo que esperar.
Mientras observaba cómo Karim daba los últimos retoques al cliente que precedía a Sergio, una mujer con bata blanca, que no había visto antes allí, le indicó que pasara a lavarse el pelo. Cuando estuvo reclinado en el sillón de lavar cabezas y apoyó la suya por la nuca en el borde del lavabo no sabía lo que le esperaba. Las manos de aquella mujer eran poesía, que coño poesía, eran Arte, con mayúsculas, bueno arte y unas dadoras de gustito increíble. La manera en que masajeaba el cuero cabelludo a la vez que extendía el champú con destreza, ese masajeo en las sienes, la nuca… ¡¡¡uuffff!!! Sergio dio gracias por tener la ‘sabana’ de la peluquería cubriéndole el regazo porque su polla se desperezaba con rapidez y estaba adquiriendo proporciones que de otro modo hubieran sido difíciles de disimular.
Además, la resaca no ayudaba. A ver, depende de cómo se mire, porque sí que ayudaba, y mucho, a la excitación. De siempre las resacas producían en Sergio un estado de cachondez viciosa del que no entendía el origen pero al que ya se había acostumbrado con los años. Sin embargo, lo que pasaba en aquella ocasión no era costumbre. Resaca, excitación una mujer a sus espaldas masajeándole la cabeza como para perder el sentido. De hecho, no se había fijado si era guapa, ni qué edad tendría ni prácticamente nada. Muy buena no debía estar porque se habría dado cuenta, pensaba mientras ahuecaba con disimulo la sábana que lo cubría.
Decidió abandonarse a las sensaciones que le provocaba el lavado de cabeza, que le pareció más prolongado de lo normal (e incomparablemente más placentero), y cuando estaba en la gloria la voz de la mujer le ‘despertó’:
– Bueno, pues esto ya casi está, enseguida pasas con Karim.
– Muy bien, gracias.
-Por cierto, yo soy masajista titulada, y Karim me deja un pequeño gabinete en este local para dar los masajes. Te lo digo por si te interesa.
(¡Sabía que Karim era un vicioso!)
– Ah…, vale, ok.
El resto de su estancia en la peluquería fue como siempre: corte de pelo, entrecortada e insulsa conversación con Karim, pago (“coño, ha vuelto a subir el precio este cabrón”) y hasta luego Mari Carmen.
Todo podía haber quedado ahí, como un recuerdo sensual y hasta casi sexual, si no fuera porque…. no, nuestro héroe resacoso no volvió a por masajes craneales y no craneales, pero un día paseando a Sultán se encontró con la masajista de las manos turbadoras con un perrazo como un pony de grande. La saludó con cordialidad y notó en la respuesta de ella que le saludaba como a un dueño de perro más.
– ¿No te acuerdas de mí? – dijo Sergio
-¿Debería?
(Pelín borde la cuarentona, que efectivamente no estaba muy buena, algo rellenita y no era fea pero tampoco un bellezón).
-Me lavaste la cabeza hace unas semanas ahí, en la peluquería de Karim.
-¡Ay, perdona! Sí, ahora sí caigo
(Ya, mis huevos caes)
-¿Qué tal?
-Bueno, ya no estoy donde Karim, pero mira, toma mi tarjeta, también doy masajes en mi casa.
– Ah…, vale –acertó a decir Sergio mientas en su cabeza se arremolinaban posibilidades de todo tipo en la intimidad del domicilio de aquella diosa del lavado de pelo–.
“Carmen Álvarez” y un teléfono. Eso era todo lo que ponía en la tarjeta de visita. No era un nombre de estrella de Hollywood, pero a quién le importaba eso.
– ¿Y por dónde vives?
– Aquí al lado, a dos manzanas. Cuando vayas venir, me llamas y yo te indico, es muy fácil.
(Vaya, la tía daba por hecho que iba a ir. Pues tal cual).
Unas cuantas semanas después, otro día de resacón, en esta ocasión domingo, Sergio se envalentonó –algo bueno tenían que tener las resacas- y la llamó. La breve conversación fue muy profesional y correcta y quedaron en que iría a las cinco. 2.500 pesetas, no estaba mal. Poca siesta se iba a poder echar, pero intuía que merecería la pena.
A las 16:55 estaba tocando en el portero automático del portal que, efectivamente, estaba muy cerca de donde se encontraron la última vez y de la casa de Sergio. Le abrieron sin preguntar nada y subió al piso indicado. Nada más tocar el timbre, Carmen le abrió sin ligueros, ni lencería de encaje ni tacones. Pero lo más sorprendente es que en el salón, al que se accedía nada más entrar en el microapartamento, sentado en el sofá, había un adolescente viendo la tele.
-Mi hijo – dijo la masajista con un tono entre orgulloso y resignado.
-Hola… – acertó a murmurar Sergio.
El chaval respondió con un leve gruñido mientras la mujer le indicaba dónde estaba la camilla de masaje y donde podía dejar la ropa. Todo en un cuartito contiguo al salón con una privacidad más que cuestionable.
La incomodidad seguía dominando el ánimo de Sergio, quien se preguntaba qué demonios hacía allí. Cuando se quedó en boxers (negros, ajustadísimos, todo estaba planeado) se quedó mirando a la mujer que enseguida captó sus dudas:
– Así está bien, túmbate boca abajo. (“Igual me los quita ella durante el masaje”, pensó Sergio, aunque enseguida se dio cuenta de que era más que improbable que eso sucediera).
Poco más de media hora después y tras haber recibido un masaje aceptable pero no para tirar cohetes y mucho menos sugerente, además de más caro, que el que recibió de las mismas manos en la cabeza.
– Pues listo, ¿qué te ha parecido?
– Bien, muy bien, gracias – repuso nuestro héroe tratando de disimular a duras penas su decepción.
Sergio se vistió, pagó el masaje y cuando pasó por el salón hacia la salida comprobó que el adolescente ya no estaba.
************
Meses después, yendo de fiesta con su amigo del alma, Javier, bajaban con el coche de éste por la Castellana y lo hacían a una velocidad más elevada de lo aconsejable y de lo que dictan las normas de circulación. Javier estaba eufórico, ese año había fichado por un equipo de baloncesto de provincias y le pagaban un buen dinero. Era su primer viaje a Madrid desde que comenzó la temporada y quería celebrar con sus colegas de toda la vida ese primer trabajo como profesional del baloncesto.
Tomás y Arturo iban en otro coche detrás de ellos. Eran cerca de las dos de la madrugada y llevaban de farra de las nueve.
– ¡Hostia tío, vamos al Gogos!- exclamó Javier con una iluminación en la cara como si hubiera descubierto la penicilina.
– Qué dices, es muy caro.
– Venga coño, que está aquí al lado. Invito yo. Vamos a ver unos chochitos en condiciones.
“En condiciones” quería decir putas de lujo. El Gogos estaba en una paralela a la Castellana y la copa podía costar 1.000 pesetas tranquilamente (250 en un pub normal). El polvo ya, ni valía la pena informarse, no estaba al alcance de la precaria economía de un veinteañero sin trabajo.
Pero bueno, a Sergio, como buen español, si algo le gustaba más que las cosas gratis era que le invitaran. La comitiva de los dos coches llegó a las inmediaciones del ‘glamuroso’ local y entraron con un desenvolvimiento (y un pedo) como si lo hicieran todas las noches. Javier y Sergio se dirigieron a la barra mientras los otros dos se entretenían en la máquina de tabaco de la entrada.
– Dos Brugal con Coca Cola, por favor – pidió Javier al barman de chaleco verde, camisa blanca y pajarita.
Os ojos de Sergio se iban acostumbrando a la oscuridad del garito y comprobó que no había ni muchos clientes ni muchas gogos, más bien lo contrario, tres o cuatro profesionales del amor mantenían el tipo mirando a los clientes con falsa lujuria. Estaba pasando revista a tan exigua tropa cuando… ¡Joder, la peluquera!
-¿Qué te pasa que has dado ese bote? – le preguntó Javier.
-Nada, es que he visto a alguien.
-¿A quién?
Sergio le contó toda la historia y Luis no paró hasta convencerle para que fuera a hablar con ella. Y eso hizo:
– Hola…, ¿te acuerdas de mí?
– No – dijo la mujer mirando hacia otro lado.
– Sí mujer, del barrio, la peluquería de Karim, tu casa, el masaje…
– Te confundes, chico.
El joven no podía creerlo. Se quedó sin palabras. Le dio un trago a su cubata y volvió a la carga:
– ¿Tienes una hermana gemela?
– Chaval, déjalo ya que me espantas a la clientela – y se dio la vuelta apartándose de él.
Sergio seguía sin entender nada, apuró su pelotazo y volvió a la barra con Javier y los otros dos que por fin habían conseguido sacar tabaco de la máquina.
– Jefe, otra ronda, que a esta invito yo.
– Pero, ¿qué te ha dicho? – le preguntó Javier
– Nada, no era ella.
– ¿No?
– No, se parecía pero no (pronto aprendía la táctica de su vecina la peluquera, o de su doble perfecto).
Siguieron en el gogos hasta completar las rondas de copas necesarias para asegurar a la mañana siguiente otra resaca de nota. Eso sí, Sergio se prometió nunca más ir a ninguna peluquería con resaca.