La piscina estaba más bonita que nunca. Más limpia, con el agua más azul, más transparente. Y totalmente ‘plana’, el agua estaba sorprendentemente tranquila, ni una leve ondulación alteraba su superficie. Las corcheras era lo que estropeaban un tanto la visión. Era como sí pusieran a su piscina entre rejas, pero unas rejas absurdamente festivas: rojas y blancas.
Y toda aquella gente rodeando ese rectángulo, hablando muy alto, generando un zumbido infernal sobre el que se superpuso la megafonía: “¡¡Y ahora queridas familiaaaas!! Llegó el turno de los más pequeños. En la categoría Alevíííííín… solo dos competidores: en la calle 3… ¡¡Angelito Sánchez!!
Y en ese momento los decibelios se dispararon, vítores, aplausos, silbidos, ¡¡¡Angelito, Angelitoooo!!!
“Y en la calle 4… ¡¡Sergito Hurtado!!” Y ahí creyó morir. Aún no había oído aquello de “Trágame tierra” pero tal cual lo sintió hasta la médula.
– Vamos Sergio, que te toca – le animó su madre muy contenta.
– No, no…
– ¿Qué te pasa, Sergito? – le preguntó su hermana extrañada- ¡Vamos! – y empezó a empujarle hacia la piscina
– ¡¡Noooo!! – y tanto su madre como su hermano se sumaron a arrastrarle hacia las inmediaciones del agua.
– ¡¡¡Que noooo!!! – el chaval, a sus cuatro años, nunca había sentido tanto terror. Y si se le hubiera preguntado a qué tenía tanto miedo, habría gritado: ¡A todo!
Al final Angelito nadó solo y ganó la medalla de oro, claro. Más tarde, Sergito no alcanzaba a entender qué le había pasado: nadaba bien, había practicado todo el verano con su hermano Javier, de siete años y plata en su categoría, conocía a Angelito de verle por el club y, aparte de parecerle algo fanfarrón, no le temía. Quizás fuese el gentío y ver a su piscina ‘encarcelada’ lo que le turbó. Oír su nombre por la megafonía y que le conminaran a la calle 4…, le debió sonar a condena.
El caso es que fue la primera vez que experimentó un miedo feroz en sus carnes, un terror que, como tantos otros se alimentó de lo desconocido, un miedo a no se sabe muy bien a qué. Porque, en el peor escenario, ¿qué le hubiera pasado al pequeño nadador? ¿Que hubiera nadado peor que nunca? ¿Que Angelito se riera de él? ¿Decepcionar a su familia? Todo eso lo hubiera cambiado, y todo a la vez, por ahorrarse el brutal miedo escénico que sufrió.
Hasta ese momento Sergito, como tantos otros niños de su edad, se había asustado de la oscuridad (aunque le encantaba jugar a las “Tinieblas” con sus hermanos), que una avispa le picara, cosas así. Pero lo que experimentó en la frustrada competición de natación no se podía comparar con nada. Con nada. Bueno sí, al menos en parte.
Sucedió poco después. El niño estaba en la piscina de unos apartamentos de verano en la Costa del Sol con su familia y la novia de su hermano mayor, Asunción, cuando ya era hora de ir a comer y empezaban los habituales avisos de mamá: “¡¡Niñoooos, ir saliendo del agua que hay que comeeer!!”.
Y justo al salir de la piscina, Sergio se cagó. No de miedo, sino físicamente. Sin darse cuenta depositó en el bañador una boñiga respetable.
El caso es que salieron todos a un pequeño pinar de camino al coche que su padre había aparcado sabiamente a la sombra. El pequeño iba el último y todavía no tenía claro qué hacer. La familia empezó a entrar en el coche y él se quedó atrás. Asunción le llamaba: “Vamos Sergito, ¿qué te pasa? ¡Al coche!”, le conminaba acercándose a él. “No, no…” – balbuceó el chaval mientras retrocedía acobardado. “Pero, ¿qué te pasa? ¡Ven!”, insistía la muchacha. Y Sergito se creía morir, siguió retrocediendo presa del pánico por ser descubierto hasta que cayó de espaldas en una hondonada del pinar, afortunadamente poco profunda, donde fue presa fácil para que Asunción y su madre, que también se acercaba a ver qué pasaba, le recogieran y se dieran cuenta de la razón del temor del niño. Hasta sonrieron y no le dieron la mayor importancia.
Para Sergito fue todo un alivio porque, seguro que de una manera inconsciente, comprendió que por mucho que la cagara iba a ser aceptado y querido. Al menos por su familia, que no es poco.