“Nos vemos luego, ¿no?” – wasap del Sánchez. Claro, que hoy es jueves y hay CCI. Son las seis de
la tarde, y yo con este pedo de sobremesa acompañado de este grupo de periodistas decadentes,
trasnochados y borrachuzos. Mis amigos. Uno de los grupos de mis variopintos amigos. Y esta
noche, más amigos. Los de CCI (Con Cojones Inversiones). Pues nada, todo sea por la amistad.
Llego a casa, mi piso nuevo –alquilado- y allí me encuentro a la buena de Isa –mi mujer-, a la niña,
Rocío, a Tessa, la prima de Isa, y a Ricardito, el marido de Tessa, cubanos, como Isa, que han
venido a España una temporada y se están quedando en casa.
– ¿Qué tal Papi? – pregunta Isa
– Bien…, y ahora a La Gitana –taberna de un miembro de CCI donde nos reunimos-
– ¡Alabao! Pues no cojas el coche
– No, me voy andando
Cambio de ropa, aseo, intercambio cordial con los cubanos, interés por la enana (Rocío) y… ¡a ver
a más amigos!
Cojo mi Dodge Challenger automático de más de 10 años y emprendo ruta hacia La Gitana.
Cuando estoy llegando suena el móvil. Es Raquel, mi compañera y, como yo, subdirectora del
periódico:
– Felipe, parece que mañana se cepillan a Tony (el director)
– ¡No jodas!
– Sí, Fernando (uno de los dos dueños del periódico) ha convocado una reunión con la redacción y
me cuentan que por ahí van los tiros.
En ese momento, una policía municipal me corta el paso hacia la bocacalle donde se encuentra La
Gitana.
– Raquel, te dejo que me han pillado con el móvil.
Bajo la ventanilla.
– Caballero, casi me atropella
– Eso exagerar bastante
– Caballero, ¿iba hablando por el móvil?
– Estaba ya colgando
– La documentación del vehículo y del conductor, caballero
– No me llame caballero, por favor – mientras busco y le tiendo los papeles
– Le llamo como yo lo considero oportuno.
– Aquí tiene, dama
– No me llame dama
– Le llamo como yo lo considero oportuno – Automáticamente, la miembra (mejor que el miembro, ¿no?) de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado español desaparece de mi campo visual y, a través del espejo retrovisor, veo que está unos cuantos metros detrás de mi coche hablando por teléfono.
En un visto y no visto aparece otro policía municipal, varón, joven, enérgico que me espeta:
– ¿Qué pasa que solo tienes cojones para meterte con ella porque es mujer, no?
– Pero ¿qué dices?
– Por qué no me dices a mí lo que le decías a ella, ¿eh, valiente?
– ¿Dama…? Pero, ¿qué te pasa, hombre?
– ¿Ha bebido usted, caballero?
– (Y dale con el caballero…) Algo de vino en la comida, sí.- Otro que se va, vuelvo a ver a un miembro de las fuerzas, etc., etc., por el retrovisor hablando por el walkie talkie.
– Apague el motor y bájese del vehículo, caballero
– ¿Qué pasa?
– ¡Haga lo que se le dice!
A los pocos minutos aparece una unidad de la policía municipal con sirenas y montando bastante
escándalo y le siguen otros dos o tres coches de policía.
(La madre de dios, ni que esto fuera Puerto Hurraco)
– Control de alcoholemia, señor (vamos mejorando en el trato. Es un agente distinto el que
me interpela)
– ¿Y eso?
– Un agente ha avisado para que se lo hagan
(La madre que parió al niñato Rambo…)
– Voy, un momento, por favor
Alguien me dijo en alguna ocasión que si mascas tabaco antes de la prueba, no das. Pues dos
Ducados rotos y su contenido para dentro. Hostias…, casi poto, que asco, por dios. Escupo la
mierda esa y me dirijo al cadalso. Eran como las 19 horas y había dejado de beber como a las
17:30…, igual…
– 0,47, señor
– ¿Y eso es mucho?
– El mínimo permitido es 0,25
Y en ese momento veo al Dodge Challenger subiendo con cierta parsimonia pero sin parar a los
lomos de una grúa.
– ¡Esperen, esperen! Que tengo quien puede aparcarlo (ya sabía que yo no podía volver a
tocar el coche, al menos esa noche). Tengo amigos que están aquí cerca. Déjenme que les
llame.
– Dese prisa, por favor (qué diferencia de trato. El nuevo policía era mayor y se le veía con
cierta sabiduría y tranquilidad producto de su carácter, la edad y las experiencias vividas)
– Gracias agente. – Y me pongo a llamar a los colegas que se suponía que estaban tomando
copas a 250 metros de donde yo me encontraba. Nadie responde. Pruebo con Zenón, el
dueño de La Gitana y buen amigo.
– ¿Qué pasa Felipón?
– Zenón, tío, ¿estás en La Gitana?
– No, llegando, ¿por?
– Necesito que me aparques el coche, que he dado positivo en una alcoholemia y no puedo
cogerlo.
– ¡Ni medio problema! Ya voy, ¿dónde estás?
– En la calle Concordia con Adversidad (qué evocador)
– En menos de cinco minutos me tienes ahí
– ¡Gracias Zenón!
Le digo al policía:
– Un amigo mío ya está llegando. Él lo aparca.
Y a los cinco minutos (que parecieron 20) veo la inconfundible silueta de Zenón subiendo por
Padre Damián, con su mariconera sujeta bajo el brazo cual mariscal de campo y un tumbadito
al andar de lo más chulesco.
– Buenas tardes, agente. ¿Algún problema? Este señor es amigo mío, es director de un
importante periódico (¡Hala, ya me ha ascendido Zenón!). Yo soy el dueño de un local en
esta calle, General Gallego, y tengo parking. Yo aparco su coche, no hay problema.
– Espere, espere –le ataja el policía-, para mover el vehículo tiene usted que soplar primero
– ¿Él también? – pregunto incrédulo
– Claro, no puede conducirlo si constatar que no da positivo en la alcoholemia
– ¡Por supuesto! ¿Dónde hay que soplar? – pregunta Zenón crecidito
Una vez completada la operación, el diabólico aparatito da su veredicto: 0,52
– ¡Pero Zenón no me jodas! – le grito sin creer lo que estaba oyendo- ¿Has bebido?
– Hombre, he tenido partidita –de mus- y algún cacharrín ha caído, pero hace ya un rato de
eso.
El Chrysler, otra vez, subiendo por la rampa de despegue hacia mis -160 euros. La madre que parió
a Zenón. No salía de mi asombro, no quitaba los ojos de mi amigo buscando alguna explicación
coherente, cuando vuelvo a ir la voz del hijo de puta:
– Caballero, nos tiene que acompañar
– ¿Adonde?
Una de las lecheras municipales que se arremolinaban en aquella intersección se detiene a
nuestro lado.
– ¿No hará falta que le esposemos, verdad? – me pregunta otro policía.
Joder, ¡vaya panorama! Menos mal que me dio por desdramatizar y caí en la cuenta de que era la
primera vez que iba en un coche de policía. Mira, una carrera gratis y bien custodiado que voy.
Claro que no me llevan donde yo quiero, pero bueno no se puede tener todo.
Cuando llegamos a la estación de policía o al centro de detención de terroristas peligrosísimos o
vaya usted a saber, la cosa se fue complicando. Me llevaron a un cuarto bastante lúgubre con una
mesa larga en el centro y me dijeron que metiera mis cosas en una caja. Mientras esperaba más
instrucciones me dejaron solo, con la puerta abierta. Podía ver a más policías municipales en la
estancia contigua. Uno de ellos me miró y empezó a provocarme:
– Que nos gusta darle al alpiste, ¿eh? ¿Este el que se ha metido con Fátima? – preguntó a un
compañero cuya respuesta no alcancé a escuchar- Hay que ser muy maricón para meterse
con una mujer, eres un mierda…
En ese momento me di cuenta del espacio y el tiempo para la impunidad de los que podrían
disponer los polis si les diera por darme de hostias o lo que se les ocurriera. Tuve miedo. Fui
consciente de mi absoluta vulnerabilidad y casi me cago.
Menos mal que apareció otro policía y me dijo que lo acompañara. Aquello parecía de película, un
corredor con celdas a los lados con todas ellas, unas ocho o así (cuatro a cada lado), vacías. El tipo
me llevó a la última de la izquierda. Abrió la puerta corredera con rejas con un sonido metálico
atronador.
– Oiga, ¿puedo llamar a mi abogado?
– Deme el número y le llamamos nosotros
Se lo di, lo apuntó y se marchó.
Y allí me quedé en una celda oscura, la verdad es que limpia, con un camastro y una manta gris
que debió de usar el Lute en sus últimas correrías y me senté sin saber muy bien qué hacer.
Si localizan al Carusso (mi abogado, otro amigo peculiar), tardará en aparecer como su puta
madre, así que en el mejor de los casos dos o tres horas aquí no me las quita nadie. Y si no lo le
localizan, que es lo más probable, hasta mañana no me saca de aquí ni la Chata.
El tiempo transcurría con cuentagotas y allí había poco que hacer para qué vamos a engañarnos.
Me tumbé en el camastro aquel y me aburría como una ostra. Intenté dormir, pero no había
manera. De forma automática vino a mi cabecita el remedio casero para dormir: “Pues creo que
me voy a cascar un pajote”. Y procedí. Sabía que si venía alguien oiría sus pisadas por el pasillo
carcelario, así que me abandoné a mis fantasías y me corrí como un campeón sin demasiadas
dificultades. Lo que no contaba era qué hacer con tanto jugo vital gozosamente desperdiciado que
yacía en mi estómago, vientre y mano pecadora (y poderosa). No había mucho donde elegir, así
que eché mano de la manta gris rasposa y me limpié como pude. Pensé que seguramente no había
sido el primero ni el último en limpiarme así y la verdad es que no me dio demasiado asco. Se ve
que iba sintonizando con la existencia de presidiario.
La operación funcionó porque debí de quedarme rendido poco después. Lo siguiente que recuerdo
es que me llamaban para salir. No tenía ni puta idea de qué hora era, pero la alentadora sospecha
de que, por una vez, Carusso hubiera hecho bien sus gestiones de abogado me hicieron albergar
esperanzas de salir de aquel agujero. Y efectivamente así fue. Me devolvieron mis pertenencias y
me encontré clareando el día en una calle que no conocía en absoluto. Acerté a parar un taxi y
llegué a casa unos 20 minutos después. Mi mujer me recibió como si yo hubiera bajado a por el
pan y ante la incredulidad de mi mirada me espetó:
– ¿Qué quieres? Cuando me llamaron a las cuatro de la mañana, me asusté mucho y pregunté si te
había pasado algo y me dijeron que estabas bien, “retenido” – dije: “Ah vale, menos mal, gracias”.
Cojonudo, aquí el único que ha sufrido he sido yo. Pues nada, a la cama que mañana será otro día.