– Bueno tampoco me mires así, ¿qué quieres?, hay que esperar un poco a ver si sale. No tardamos, ya verás, y no me entretengas que si no, no oigo.
8:25 AM de un martes cualquiera de un invierno cualquiera. El perro miraba a su dueño con una mezcla de resignación y ansiedad porque se meaba vivo. Y el muchacho sujetaba la cadena del animal, con su trenca puesta y la oreja pegada a la puerta que estaba ligerísimamente entreabierta.
– Espérate que yo creo que me da tiempo.
Fue a la estancia contigua, al salón, abrió el mueble-bar y se aplicó un lingotazo de coñac Soberano de su padre para envalentonarse, algo que no está claro que consiguiera. Lo que sí logró fue una semiarcada, una sensación de que una bola de fuego le corroía todo el tracto intestinal hasta el estómago.
Sultán gimió al ver al cabeza de chorlito de su amo en esas lides y también porque empezaban a saltar las alarmas de su vejiga.
– ¡Ya! vamos Sultán, tú como si nada.
¿Como si nada? Que esperas que le diga que te acabas de aplicar un chupito de un brebaje asqueroso para ver si le dices algo más que “Hola”? – decía el perro con una mirada condescendiente.
Y efectivamente, allí estaba, esperando al ascensor. Con ese pelo rubio, rizado, denso, una mata de cabello extraordinario. María, 14 años, uno menos que Roberto, que avanzaba hacia el ascensor con Sultán y una inseguridad, un deseo y un miedo atroces.
– Buenos días
– Hola- dijo ella mirando divertida a su vecino que no levantaba la vista del suelo.
Entraron en el ascensor y mientras Roberto trataba de ver cómo miraba a María y le decía algo, Sultán enterró su hocico curioso entre las piernas de la chica oliendo como un poseso.
– ¡Pero Sultán! – y lo apartó bruscamente- Perdona.
– No pasa nada- dijo ella con una risita.
Mientras, el chaval imploraba al más allá para que el puto ascensor llegara a su destino. Nunca 38 segundos -que era lo que tardaba el aparato en recorrer los cinco pisos, lo tenía cronometrado- se le habían hecho tan largos a Roberto. A tomar por culo el plan de decirle algo a María, de avanzar en esa relación que solo estaba en su cabeza y… en su corazón adolescente. Y todo por el puto perro salido que tenía.
Cuando salieron y se despidieron (hasta luego, hasta luego), Roberto la emprendió con el perro que buscaba afanoso y desesperado el objetivo de su primera meada:
– ¿Pero tú estás tonto o qué? ¿Cómo se te ocurre olerle ahí? – y entonces se quedó pensando. Sultán nunca había hecho eso y ya habían compartido ascensor con María al menos cinco veces…
Mientras Sultán levantaba la pata y por primera vez en el día marcaba territorio, en una farola, miró al chaval con cara de no entender nada y a la vez con expresión de absoluta inocencia. Roberto cayó en la cuenta de que Sultán olfateó a la vecina con el mismo interés con que lo hacía con las perras en celo. Solucionado el misterio, María debía tener la regla y Sultán era de todo menos diplomático.
Tras el habitual paseo matutino, dueño y can volvieron a casa, éste indiscutiblemente más aliviado tras aliviar sus entrañas y aquél con un ardor en las suyas que lo estaba volviendo loco. Desayunó su Nesquik con alguna galleta y el Soberano y el nuevo fracaso en la aproximación amorosa a la vecina se diluyeron simultáneamente.
Tras una rutinaria mañana en el colegio, un centro no mixto, como la mayoría de los de aquella época, Roberto emprendió el regreso a casa con la esperanza diaria de encontrarse a esa pelirroja del colegio de monjas de su barrio que tanto le turbaba. No había cruzado palabra con ella, pero alguna vez habían intercambiado sus adolescentes miradas y el chaval quedó prendado. Tanto es así que una mañana se despertó con unos cuantos versos dedicados a ella clavados en su mente:
¿Por qué tu pelo cobrizo
no puede hallar cobijo
en el alma de un señor?
¿No será por temor
en vez de amor?
Tu boca, templo sagrado,
negó con presteza
al muchacho enamorado
que por ti perdió la cabeza.
Lo gracioso es que la pelirroja no le había dado calabazas, aunque de gracioso no tenía nada porque era el propio Roberto el que se auto eliminaba en sus posibles aventuras románticas. La pubertad había entrado como un trueno en su organismo y su educación religiosa, la falta de contacto con chicas y su inseguridad conformaban una barrera demasiado alta y sólida como para superarla fácilmente.
Y efectivamente vio a la pelirroja. Iba unos 30 metros delante de él con dos amigas hablando animadamente. Roberto apretó el paso y llegó a estar a menos de 10 metros del trío de chicas que en ningún momento repararon en él. El chico aminoró su marcha «¿y qué hago si las alcanzo? No sería capaz de articular palabra, como siempre». El desánimo le inundó y vio como el cabello rojizo de su musa se alejaba cada vez más.
Llegó a casa y Sultán saltó a recibirle como loco, meneando el rabo y ladrando. «Espera que vaya al baño y bajamos, venga», «Guau, guau» parecía responderle con entusiasmo. Una vez en la calle, siguieron la ruta habitual y llegaron a un parque extenso y abierto donde Roberto soltaba al animal que corría y jugaba con otros perros. Al fondo del lateral del parque el chico identificó claramente a la morena pecosa que veía con asiduidad por la zona. También le gustaba. Roberto tenía mucho amor para repartir, como comentaba con amarga ironía a sus amigos. Esa chica le encantaba, su mirada le resultaba magnética, la manera en que se aproximaba, cómo su cuerpo se ondulaba al caminar, cómo clavaba sus ojos en el muchacho (siempre era él quien retiraba la mirada) … «Uuufff, una diosa», pensaba. La chica seguía acercándose mientras Roberto sí la perdía ojo porque simulaba vigilar a su perro, de hecho a veces lo llamaba para darle alguna instrucción: «Por ahí no, Sultán, no te vayas tan lejos» Y la que no se alejaba, todo lo contrario, era la pecosa inquietante. La miró, ella no hacía otra cosa que mirarlo a él. Ocho metros…, cuatro metros…, uno…
– Hola- dijo ella con naturalidad
– Hoo… ola
– Siempre nos vemos por aquí
– Sí…
– ¿Cómo te llamas?
– Ro… Roberto
– Ella lo miraba divertida.
-Ese perro es tuyo, ¿verdad?
– Sí- dijo Roberto con más empaque
– Es muy bonito
– Gracias
– Yo tenía una perrita pero se murió hace seis meses
– Vaya, lo siento. ¿Cómo se llamaba?
– Gilda
– ¿Y tú?
– Esther
– Bonito nombre- se sorprendió escucharse decir Roberto-
– ¿Cuál, Gilda o el mío?
– ¡Jajaja! El tuyo, bueno los dos. ¿Qué edad tenía Gilda?
– Era viejita ya, 14 años- dijo la chica claramente halagada- Y yo tengo 15, más vieja aún- le dijo guiñándole un ojo. Roberto desplegó una enorme y maravillosa sonrisa.
– ¿Y no vas a tener otra?
– Mi madre no quiere, y si te digo la verdad no sé si yo soportaría a una ‘sustituta’ de Gilda-y tras una pequeña pausa:
– Oye, ¿a ti te gusta el cine?
– Sí
– Pues podíamos ir este fin de semana si quieres. Echan Grease y me han dicho que está muy bien.
– Claro, sí, vale, por supuesto, me apetece mucho- replicó el chaval atropelladamente.
– ¿Tienes boli o buena memoria?
– ¿Cómo?
– ¡Para darte mi teléfono, bobo!
– Ah sí, dime, que no se me olvida
El perro no hacía más que mirar a su dueño en su camino de vuelta a casa. Nunca lo había visto tan exultante, tan pletórico.
– Sí, Sultán ¡¡¡¡sííííííí!!!! ¡Por fin! ¡He quedado con una chica! ¡¡Voy a ir con ella al cine, con ella al cine, con ella, con ellaaaa!!
El perro gemía preocupado, pero pronto comprobó que todo estaba bien. Muy bien. Sorprendentemente bien. Y es que su amo se sentía simplemente dichoso. Feliz.