Con la Iglesia hemos topado

“Joder qué buenas están todas”, Fernando no se podía imaginar que algún día pudiera tener entre sus manos mujeres así. Mientras se masturbaba, soñaba con disfrutar de hembras como las de la revista que veía con deleite encerrado en el baño. Le gustaban las fotos pero aún más los relatos de aquellas publicaciones porno de los albores de la Transición española. Se acariciaba con cuidado su pequeño miembro de 12 años porque no quería terminar, no quería correrse.


Los relatos, el consultorio, prácticamente todo el contenido de las revistas se lo ‘estudiaba’ de principio a fin. Mientras el placer iba in crescendo, el chaval pasó del reportaje gráfico “Sara Mora, ¡qué señora!” a las preguntas de los lectores y a estas alturas el orgasmo se acercaba demasiado peligrosamente.


“¿Es malo masturbarse?” preguntaba directamente y sin más rodeos uno de los lectores en la sección del consultorio. La experta respondía que en absoluto, todo lo contrario, es sano para mente y cuerpo. Fernando siguió leyendo con fruición, aquello le interesaba mucho. Según ‘Xaviera’, que dirigía el consultorio con unos turbadores labios rojos entreabiertos presidiendo la sección, pajearse no te dejaba ciego ni se te iba la médula espinal por el rabo ni nada de eso que decían los curas. El chaval también se sorprendió con aquello: él sabía que masturbarse era pecado porque atentaba contra el sexto mandamiento, pero no había oído nunca nada de cegueras ni médulas espinales.


Reparó en que leyendo aquello su cola se le había enfriado un poco y volvió con Sara Mora, que le ponía como una moto. Llevaba ya más de tres cuartos de hora en el baño y temía que su madre le fuera a llamar la atención. Pero se debatía entre correrse y pecar y no correrse y quedarse con las ganas. La excitación llegaba a su cénit, pero no quería tocarse el rabo para no ofender a dios. Se le ocurrió acercar su glande al grifo de la bañera, abrirlo un poco y sentir el chorrito sobre su prepucio. Y así, de una manera casi mágica, ese hilillo de agua le hizo explotar de placer.


Acto seguido se sintió muy culpable, había vuelto a pecar. Lo de no tocarse al final no colaba. Miró la hora, las ocho menos cuarto. Le daba tiempo a llegar a misa de ocho y confesarse (y estar limpio otra vez). Dicho y hecho. Se arregló un poco, en casa dijo que iba a por algo a la papelería y bajó a para ir a la iglesia del barrio. Llegó a tiempo porque entre semana, al poco de comenzar la misa el cura del confesionario desaparecía y le dejaba a uno sin poder reconciliarse con la divinidad.


Fernando sabía que a esa hora siempre estaba el cura más viejo y más vago. Que independientemente de lo que le dijeras te manda un padrenuestro y dos avemarías y listo. Se puso de rodillas delante de la ventanita con celosía del confesionario y cuál no sería su sorpresa que al oír el “Ave maría purísima” del sacerdote se dio cuenta de que no era el que esperaba, sino otro más joven y comprometido.

– Sin pecado concebida. Cuéntame, hijo – Fernando estaba muy nervioso, pero acertó a poner en práctica su estrategia habitual de minimización de daños y dijo rápidamente, juntando unas palabras con otras:

– He discutido con mi madre, me peleé con un compañero en el colegio, me he masturbado, he mentido a mi hermana…

– ¿Qué has dicho?

– Que he mentido a mi hermana

– No, antes

– Que me peleé en el colegio

– No, justo después- No había escapatoria.

– Que… me he masturbado

– ¿Solo o acompañado?

– No, no, solo

– ¿Seguro?

– Sí padre, se lo aseguro.

– ¿Y quién te ha enseñado? – La cosa parecía que iba para largo. El cura quería todo tipo de detalles, le explicó que las manos estaban para hacer cosas buenas y no para hacer obscenidades, no acaba de creerse que no se hubiera masturbado con amigos, le preguntó por la frecuencia de su onanismo, le reconvenía, le explicaba, le volvía a preguntar… había pasado más de media hora y Fernando notaba que se mareaba, empezó a sudar y a tambalearse, el sacerdote notó algo y le preguntó:

– ¿Estás bien? – ante la falta de respuesta del chiquillo, añadió:

– Bueno, te doy la absolución por si acaso – ¿Por si acaso qué, hijo de puta?, pensó Fernando. ¿Por si acaso me muero? Se levantó como buenamente pudo y salió de la iglesia, se acercó a un arbolito próximo y vomitó. Vomitó con asco, no solo físico, vomitó con desesperación, vomitó con rabia. Cuando acabó y antes de incorporarse vio a su lado unos zapatos negros y una falda de sotana. Levantó los ojos y vio al sacerdote:

– ¿Estás bien?

– Ahora sí- Y dio media vuelta y se marchó limpiándose la boca con el dorso de la mano.


Así fue como Fernando dejó la religión y se aficionó al consultorio de Xaviera.

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