El miedo autococinado

El miedo es una herramienta vital para muchos seres vivos que en entornos y tiempos salvajes puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Tener miedo de un depredador nos activa para la huida y podemos salvar el pellejo. 

Lo que sucede es que en los tiempos modernos el miedo debería de ser un resorte que se utilizara de forma más que esporádica porque la civilización, el desarrollo y la democratización de las comodidades/seguridades se han encargado de que el ser humano viva razonablemente sin riesgo, siempre en lo que se refiere a perder la vida, claro.

Pero la verdad es que el miedo nos acompaña y nos secuestra con demasiada frecuencia sin que nos enfrentemos a amenazas ‘reales’. Aunque por cómo nos suben las pulsaciones, cómo la mente piensa de forma irracional y las pésimas decisiones que tomamos resulta muy osado afirmar que no son reales esos miedos ‘irreales’.

¿De dónde surge el miedo ‘moderno’? Creo que en la raíz de todo está el temor a no sentirse querido, aceptado, apropiado. El miedo a no dar la talla, el miedo a equivocarse, el miedo a hacer el ridículo, el miedo a fracasar…, son distintos ropajes de lo mismo: el temor a no ser válido, o peor: de que los demás no nos consideren así, aptos. Y si lo pensamos con detenimiento se trata de una soplapollez monumental. Hay que aceptar de una vez que errare humanum est, que el error es consustancial a la condición humana. 

“Un hombre no debería avergonzarse nunca de confesar que se ha equivocado: eso equivale a decir con otras palabras que hoy es más sabio que ayer”. Jonhatan Swift.

El que teme no se atreve y el que no arriesga no gana. Es muy fácil de decir y muy complicado de llevarlo a la práctica. 

Algunas herramientas que pueden ayudar a mitigar el miedo: mucha información. El miedo se nutre de la ignorancia. ¿Y si me como un trozo de mierda me muero? Pues no. Eres un puerco y poco más. Otra, ponerse en lo peor: ¿qué es lo más jodido que me puede pasar si se cumple el miedo que tengo? Si lo pensamos con tranquilidad, lo cierto es que el peor escenario no suele ser tan chungo para lo chungos que nos ponemos (y además ese escenario no suele cumplirse en el 99% de los casos o más). La clave está en ser conscientes del miedo, verlo aparecer y reconocerlo: «hola miedo, ya estás por aquí otra vez, eh?». Arrojar luz sobre él (no es casualidad que los niños, y muchos no-niños, tengan miedo a la oscuridad) y ver cómo va menguando. 

No es un tema fácil, pero como en tantas otras facetas de la vida abrir el enfoque, relativizar, ayuda mucho. A lo que voy: ¿qué es lo peor que pueda pasar? Y si llegara a pasar, ¿se pondría en riesgo la vida de los míos y/o la mía? ¿Van a sufrir, a pasar hambre, frío, calamidades? No se me ocurre ningún miedo actual que pueda tener consecuencias tan terribles. 

Y no es un tema menor el de que «el miedo os hará esclavos». No se ha descubierto aún mecanismo más eficiente para controlar y someter a los pueblos que el miedo. Ejemplos en la historia, y desgraciadamente en la actualidad, sobran.

Otro miedo, el miedo sin motivo a catástrofes, muertes o enfermedades terminales estaría yo creo en la categoría de la paranoia. Además, las desgracias de verdad no suelen anunciarse, que no las vemos venir, vaya: las enfermedades, los accidentes, atentados y similares dan por culo y bien dado sin que los anuncie el mensajero del miedo. Te aplastan la vida sin más. 

Como dice un tipo que da charlas sobre psicología positiva, Víctor Kuppers, un tío muy divertido, por cierto: los problemas de verdad son esos (los chungos-chungos), lo demás son «circunstancias a resolver».

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