Riqueza miserable

Un hombre preparado, con energía, aventurero, recorre el mundo trabajando en actividades para las que su país aún no estaba preparado. Gana dinero, tiene muchas amantes, se bebe la vida. Se casa con su secretaria, con lo que tiene una asistente personal fuera y dentro de casa. Tiene tres hijos a los que apenas atiende durante su infancia porque casi siempre está en el extranjero.

Ese hombre, ya rico, se jubila pronto y se dedica a hacer lo que le gusta: conocer a gente ‘importante’: políticos, empresarios, periodistas y trata de llevar a cabo sus ideas más innovadoras. Pero le falta perseverancia, le sobra arrogancia y le pierde su fascinación por el poder.

Ya anciano, con fuerzas menguantes, con esperas intolerables en las antesalas de los despachos del poder, vuelve la mirada hacia su familia. Con su mujer ha tenido que llegar a un acuerdo económico ante notario para que no se divorcie y siga atendiéndole. Sus hijos, tres, no tuvieron padre y no lo reconocen ahora, sólo les interesa su dinero. Con el socio de toda la vida acabó en los tribunales precisamente porque uno de los hijos de este hombre de pro quiso quitar de en medio al socio y quedarse con la empresa. El padre perdió el juicio (el de los tribunales), perdió un buen y antiguo amigo y ahora persigue a sus tres hijos que están repartidos por el planeta (en eso sí salieron a su progenitor) buscando algo de calor, algo de amor, algo que llene su vida.

El hombre sigue siendo rico, pero se siente viejo, cansado y derrotado. Tiene pánico a morir y los que temen la muerte son a los que les faltó algo en vida.

Seguid viendo anuncios de jóvenes (aunque sobradamente preparados) triunfadores y de bellas veinteañeras en busca de su príncipe azul.

Seguid comprando papeletas para que os toque el gordo de una vida vacía.

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