Una caudalosa fuente de sufrimiento es la frustración que produce que lo esperado no se cumpla (o que lo malo no previsto se haga realidad –la muerte de un ser querido-). Tan sencillo y tan demoledor. Esperamos echar un polvo y no lo echamos. Esperamos un aumento de sueldo y no solo no nos lo aumentan sino que nos echan a la puta calle. Creemos que nos van a dar ventana y nos dan pasillo. Y así todo. Qué cruel.
¿Y quién, cómo y con qué conocimiento generamos los planes que se tienen que cumplir? A veces con cierta base, otras, la mayoría, porque unilateralmente lo hemos decidido así. «Las previsiones están para no cumplirse”, dijo alguien que sabía de lo que iba el asunto. ¿Cómo es que el FMI, la OCDE, el Banco de España y otros muchos prestigiosos organismos van actualizando sus previsiones de PIB, inflación, paro, etc., cada pocos meses? Pues porque nadie tiene la bola de cristal. La vida no se puede predecir (el clima sí, gracias a los satélites y demás avances de la ciencia), el comportamiento humano, la actividad social, nacional, mundial, no (ni los terremotos ni los tsunamis tampoco).
Las encuestas dan como ganadora a Hillary Clinton: presidente, Donald Trump. Los sondeos dicen que los británicos votarán por permanecer en la Unión Europea: triunfa el Brexit. Y así vamos, de insatisfacción en insatisfacción. “Creía que me ibas a decir…” “Pensaba que me ibas a regalar…” “Estaba segura de que me ibas a proponer…”. ¿Por qué lo que pensamos que va a pasar, tiene que pasar? ¿No sería mejor aprender a navegar con la corriente que toque? “No podemos predecir la intensidad de las olas, pero podemos aprender a surfear”. Esa es la clave. Aceptar, adaptarse.
No han sobrevivido las especies más fuertes, sino las que mejor se han sabido adaptar (que se lo digan a las cucarachas). Eso es de Darwin. Lo de las cucarachas no, lo de la adaptación.
Y lo sorprendente de todo este asunto es que cuando aceptas la realidad, lo que hay, estás en disposición de disfrutar de mundos inesperados. Cuando estás en la parada del autobús y ves en la pantallita que el tuyo tardará 13 minutos en llegar (en vez de los dos o tres esperados), además de cagarte en la puta madre de la EMT (o de la compañía de autobuses de turno), si lo asumes sin más y en vez de lamentarte y empezar a agobiarte, consultar el móvil como un obseso y demás rutinas alienantes, si en vez de algo de eso eres capaz de mirar arriba y sorprenderte con una fachada maravillosa que nunca habías visto (en los 20 años que llevas viviendo ahí), si el niño que juega en la acera despierta tu ternura, si sientes el aire que acaricia tu piel…, vale, pueden ser soplapolleces, pero siempre son mejores que andar jodido porque el puto autobús no llega cuando tú querías (el autobús, el mail, la llamada, el aumento de sueldo, la cita…).