Me faltan unos 15 metros para llegar al cruce cuando el muñequito verde del semáforo se pone a parpadear. Echo una carrerita a pesar de que hoy me duele más de lo habitual mi rodilla lesionada. Llego sin problemas al otro lado de la calle. Me encamino hacia la parada del autobús cuando veo que el mío ha llegado y se dispone a partir. Otra carrera, esta vez agitando la mano para que me vea el conductor y me espere, la rodilla se queja. Hace un calor de tres pares de cojones. El conductor me abre la puerta, le doy las gracias entre jadeos y me pongo nervioso cuando no encuentro el abono transporte. Ah sí, aquí está. Valido el billete, me siento, respiro, me enjugo el sudor de la frente, miro el pasaje del bus (no hay ninguna tía buena) y me refugio en mis pensamientos. Y me doy cuenta de que no tengo ninguna prisa. ¿Y para qué corro? Hace un calor de mil demonios, me duele la pierna y no tengo prisa. Cojonudo. Supongo que será la costumbre.
Suena el fuerte ‘click’ del microondas, me levanto como un resorte en lo mejor del culebrón que están echando en la tele, justo cuando Mario Henrique va a saber quién es su verdadera madre. Cuando voy a la cocina subiendo el volumen de la TV con el mando a distancia, suena el móvil. Cambio de rumbo y me pongo como loco porque no se dónde dejé el teléfono. Trato de orientarme por el sonido para encontrarlo cuando sospecho que el nombre de la madre ya ha sido desvelado. Cuando por fin encuentro el móvil, ha dejado sonar. Era el puto 1004 de Movistar. Fantástico. En TV hay publicidad. Del microondas ni me acuerdo. ¿Por qué lo aparatos dirigen mi vida? ¿No se supone que están para facilitarnos la existencia? ¿Por qué a mí me la complican?